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A 50 años de un sueño

Salvador Allende. Un hombre. Un líder como pocos. Un demócrata cabal. Un hombre consciente de su compromiso con el pueblo chileno hasta entregar su vida defendiendo la democracia mientras lideraba el proceso de construir un socialismo con sabor a vino tinto y empanadas, un socialismo a la chilena, que no necesitaba rendir culto a vaticanos rojos fuera de Chile para saber lo que nuestro pueblo clamaba.


Viví intensamente el proceso revolucionario encabezado por Allende y la Unidad Popular. Después de haber estado cuatro años fuera de Chile haciendo mis estudios de doctorado en la Universidad de Berkeley, California, regresé a Chile el 13 de diciembre de 1970, cuando Allende recién llevaba un mes en el gobierno. El 4 de septiembre, sintonizando con dificultad la radio de onda corta, que se iba y venía, logré escuchar los resultados de la elección presidencial y no podía creer cuando se confirmó que Allende había triunfado. Había trabajado para la campaña de Allende y el FRAP en 1964 y había vivido la amarga derrota que nos propinara Eduardo Frei, con la ayuda del cura de Catapilco y los gringos.


Pero ahora Allende finalmente había triunfado. Rápidamente apresuré los trámites para dar mis exámenes orales del doctorado, lo que hice en noviembre, e inmediatamente preparé mi regreso a Chile. Quince días después de llegar de Estados Unidos me encontraba trabajando en el gobierno, en la Consejería Nacional de Desarrollo Social, la ex Promoción Popular de Frei Montalva, que se dedicaba a organizar y fortalecer las organizaciones de los pobladores de todo Chile para que pudieran participar plenamente en las decisiones de gobierno a todo nivel. Fui Subjefe y luego Jefe del Departamento de Planificación y, como tal, miembro de la Junta Directiva de esa institución. Fueron tres años maravillosos.


Viví experiencias únicas en participación popular, únicas no solo en Chile sino en América Latina, como la planificación participativa que llevamos a cabo con todas las organizaciones de pobladores y vecinales de Chile para programar el presupuesto nacional de la institución, la CNDS. Me tocó liderar y llevar a cabo, a solicitud del Presidente Allende a la CNDS, la primera y única experiencia en participación legislativa que se ha hecho en Chile y América Latina, cuando logramos que 59.000 jóvenes mujeres chilenas expresaran formalmente y por escrito su opinión sobre un proyecto de ley que el Presidente Allende había decidido destinar a las jóvenes mujeres de Chile, el Servicio Social Obligatorio, a semejanza del Servicio Militar obligatorio que por entonces debían cumplir los muchachos. Asimismo, me tocó llevar a cabo los preparativos para realizar la primera experiencia de planificación participativa del Plan de la Economía Nacional 1974, que trabajamos junto con el Director de ODEPLAN, Gonzalo Martner, la CUT y una multiplicidad de organizaciones sindicales y sociales de la más diversa naturaleza, proceso que no alcanzó a terminar porque nos sorprendió el Golpe de Estado. También me correspondió participar, desde esa institución, en el gran esfuerzo de organización y movilización popular que significó romper el cerco y bloqueo desatado por los camioneros de Chile en octubre de 1972, con apoyo financiero de la CIA, para producir un desabastecimiento masivo de productos de primera necesidad para la gente y crear condiciones para echar abajo al Gobierno Popular.


Pocas semanas después de este hecho debí viajar, por encargo de la Jefa de mi institución, Carmen Gloria Aguayo, a una conferencia internacional de Naciones Unidas en Filipinas, donde concurrió gente de todos los continentes. Quedé impresionado por el profundo interés de todo el mundo por lo que estábamos haciendo en Chile, el intento de producir una revolución socialista a través de los mecanismos de la democracia establecida y con el activo y conspirativa oposición de la derecha más recalcitrante del país, apoyada por los yanquis. Después de finalizar la jornada, invariablemente era invitado por grupos de africanos, de asiáticos, de latinos, para que les hablara de nuestro proceso. Nunca voy a olvidar cómo me miraban, con los ojos brillantes, con una especie de sana envidia, anhelante, con el sueño dibujado en sus ojos de que ellos también pudieran tener la ocasión de llevar a cabo sus ansias de cambios profundos en sus injustas y retrasadas sociedades, como la nuestra. Sentí que recaía en nosotros, en la izquierda chilena, una responsabilidad inconmensurable ante los pueblos del mundo, y no sólo ante el pueblo chileno. Así se lo fui a decir a Clodomiro Almeyda a la Cancillería, a mi regreso a Chile. Es lo que debe haber sabido también Allende. Y por eso su inmolación final. No podía, no debía ser de otra manera. Él no podía caer como cualquier otro presidente al que se le da un golpe de estado, como tantas veces ha ocurrido en nuestra región latinoamericana. Él mejor que nadie sabía que ese golpe era contra los pueblos del mundo y sus ansias de liberación de la injusticia de la explotación, de la opresión de clase. Por eso tenía que inmolarse. Para que en la conciencia del mundo quedara clara la atrocidad contra los pueblos del mundo que estaba cometiendo la atrabiliaria derecha chilena aliada con los intereses más oscuros del gran capital yanqui.


Por eso Allende será honrado por siempre por los pueblos del mundo. No por el hecho de si su gobierno fue bueno o malo, si hizo bien las cosas o no, si fuimos eficientes o ineficientes, si supimos manejar bien la economía o no. No. Los pueblos del mundo recordarán por siempre a Allende por el ejemplo democrático gigantesco que nos dio al entregar su vida defendiendo el compromiso que democráticamente había contraído con su pueblo de conducirlo a un país mejor, más justo, más solidario, más digno. Por eso Allende ya no es nuestro, desde ese 11 de septiembre de 1973 mismo. Allende es de todos los pueblos del mundo que luchan por un mundo y una vida mejor, más humana, más justa.


Por Germán Correa Díaz

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