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Análisis de situación política en Chile y sus proyecciones por Fernando Estenssoro

Del Estallido Social del 18 octubre de 2019 al plebiscito del 25 de octubre de 2020.

Cuando el 22 de octubre del año 2019, a cuatro días de ocurrido el estallido social del día 18 de ese mes, señalábamos que este acontecimiento traería repercusiones históricas no sólo para Chile sino que serían de alcance global, al parecer no estábamos tan equivocados. Manteniendo estas afirmaciones y pasado casi un año de este fenómeno cabe analizar la evolución de la situación política y sus posibles proyecciones.


Por un aparte, en el análisis de año pasado decíamos que la imagen de Chile de las últimas décadas, donde figuraba como el más sobresaliente alumno del neoliberalismo a nivel mundial y cuyo ejemplo -según pregonaban los profetas neoliberales globales-, debía ser seguido por los otros países de la región, había explotado y “volado por los aires” hecha pedazos. De esta forma, los controladores mundiales del neoliberalismo veían como el ejemplo “idílico” que tenían para mostrar a otros lo “beneficioso” que era seguir al pie de la letra el recetario de Consenso de Washington, de la noche a la mañana se les había transformado en una pesadilla que, perfectamente se podía repetir en cualquier otro país de la región y del globo.


Igualmente, señalábamos que la ciudadanía en las calles exigía una nueva constitución vía una real y democrática asamblea constituyente. Demanda que por años había sido negada e incluso ridiculizada no solo por los sectores de la derecha chilena sino que, también, por algunos importantes actores de la dirigencia de los partidos del centro y la izquierda (si bien no todos), que en el pasado vez tuvieron un valiente papel en la lucha contra la dictadura militar, pero que ya en democracia terminaron acomodándose y acostumbrándose muy bien a la constitución neoliberal que heredó el dictador.


El creciente malestar y movilización ciudadana que aumentaba día a día después del estallido social y que parecía no tener fin, finalmente convenció a estos actores políticos refractarios sobre la necesidad de abrirse a una nueva constitución. Así, en la madrugada del 15 de noviembre, casi un mes después del estallido social y tras duros debates, finalmente se alcanzó un acuerdo en el Congreso nacional para convocar un plebiscito a fin de que la ciudadanía se pronunciase sobre si quería o no una nueva Constitución que sustituya la que está vigente desde la dictadura Pinochet. De esta forma se fijó que en este Plebiscito el pueblo debía elegir entre las siguientes opciones:


1) Aprueba una nueva Constitución o Rechaza una nueva Constitución.

2) La Nueva Constitución debe ser redactada por una Convención Constitucional (forma como se parafraseó el equivalente a una Asamblea Constituyente) donde todos los constituyentes sean elegidos por voluntad popular; o una Convención Mixta, donde la mitad de los constituyentes sean elegidos por voluntad popular y la otra mitad sean miembros del actual Congreso nacional.


Igualmente se fijó como plazo para este plebiscito el día 26 de abril de 2020, sin embargo, a raíz de la pandemia del COVID 19, finalmente se tuvo que postergar para el 25 de octubre.


Pero más allá de esta postergación que, dada la situación mundial de la pandemia, era inevitable, lo cierto es que el escenario político de Chile cambio radicalmente.


Después del estallido social y de manera muchas veces espontánea, comenzaron realizarse miles de cabildos de vecinos y pobladores a lo largo y ancho del país, donde se hablaba de las características del nuevo Chile que hay que construir. Este proceso continuó después del acuerdo por el plebiscito del 15 de noviembre, pero ahora el trabajo de estos cabildos se enfocaba en llamar a la ciudadanía a movilizarse por las alternativas de Apruebo y Convención Constitucional, mientras que los sectores más reaccionarios se movilizaban por el Rechazo y Convención mixta.


La efervescencia política siguió aumentando en los meses estivales de diciembre, enero y febrero. En este escenario, marzo se proyectaba como un mes de enormes movilizaciones que iban a desembocar en el plebiscito del 26 abril donde la marea en favor del Apruebo y la Convención Constitucional se proyectaba imparable y espectacular. De hecho, en una movilización histórica por su masividad millones de mujeres salieron a las calles del país para el 8 de marzo, el día de la mujer (entre otros motivos para celebrar que días antes, las movilizaciones habían conseguido que, en el Congreso nacional, se aprobara una ley que señala que si gana la opción Convención Constitucional en el plebiscito, la elección de sus representantes debe ser estrictamente paritaria, o sea 50% hombres y 50% mujeres, lo cual es un fenómeno único en el mundo). Sin embargo, como se señaló, pocos días después de esta masiva movilización la pandemia del COVID 19 puso al país en pausa (al igual que en el resto del mundo). Para el 20 de marzo la población comenzaba un periodo de cuarentena que iba a durar más de 5 meses.


Pero si bien la Pandemia y estas cuarentenas obligadas, ralentizaron las movilizaciones masivas, la efervescencia política ciudadana no disminuyó y para la última semana de este mes de septiembre, la ciudadanía nuevamente había comenzado a retornar a las calles para movilizarse en favor del Apruebo y la Convención Constitucional e ir preparando el ambiente para el plebiscito, pese a que la Pandemia está totalmente presente. Y todo indica que el Apruebo se va a imponer largamente, al punto que sectores de la derecha más política e inteligente, consciente del enorme impacto psicológico que para su sector significará la derrota en el plebiscito, propusieron al resto de las fuerzas políticas con representación parlamentaria eliminar este “paso innecesario” e ir directamente a redactar una “nueva constitución”. Oferta que demoró minutos en irse al tacho de la basura. El plebiscito es imparable. Frente a esta situación, y afín de aminorar el impacto de la derrota estos mismos sectores comenzaron a pedirles a algunas de sus figuras públicas más significativa que cambiaran su discurso y se sumaran públicamente a la opción del Apruebo. De esta forma, intentarán diluir mediáticamente la derrota en el plebiscito.


Lo anterior nos sirve para proyectar que, pasado el plebiscito, el principal foco de la lucha política se dará en la elección de constituyentes y el posterior accionar de la Asamblea Constituyente. La elección de delegados o representantes a esta Asamblea Constituyente reflejará la correlación de fuerzas en donde el enfrentamiento principal estará caracterizado por un eje político con dos polos opuestos. En un polo estarán losrepresentantes de los sectores ciudadanos y populares que quieren terminar con el orden neoliberal y avanzar decididamente a hacia una sociedad más justa y equitativa, y que esquemáticamente podemos denominar como polo progresista o anti-neoliberal. En el otro polo del eje político, estarán las fuerzas conservadoras que van a defender a ultranza el modelo neoliberal que ha imperado por más de 30 años, a fin de rescatar y mantener todo lo posible de éste en la nueva constitución, y que esquemáticamente vamos a identificar como el polo conservador o neo-liberal. Por cierto, habrá un sector de centro que se moverá por este eje político hacia un polo u otro según vaya variando el peso específico de cada uno.


Aquí, el gran problema que tendrá el polo progresista anti-neoliberal, es su desunión y fragmentación. Por una parte, lo que dejo claro el estallido social del 18 de octubre pasado, es que los partidos de centro e izquierda tradicional están en extremo desprestigiados y, por otra parte, algunas nuevas agrupaciones que ingresaron al Congreso en las últimas elecciones parlamentarias (noviembre de 2017), con un discurso muy crítico a los partidos tradicionales, por su accionar concreto tampoco se han salvado de la amplia crítica ciudadana. En este sentido, hasta el momento no hay actores con real capacidad de convocatoria masiva, amplia, plural y unitaria. Evidentemente, existen varios y esperanzadores esfuerzos por avanzar en un proceso maduro de unidad del amplio espectro social anti-neoliberal, sin embargo, aún es demasiado pronto para ver si alguno (s) de ellos finalmente lograra avanzar y consolidarse. Respecto de la derecha y los sectores defensores del modelo neoliberal, lo más probable es que estén dispuestos a ceder en todo lo “innecesario” con el fin de disfrazar y distraer la atención de la verdadera esencia de la discusión, o sea el modelo económico. La derecha sabe que el diverso mundo progresista “pos-moderno” se caracteriza por la fragmentación de sus partidos, movimientos y demandas, la proliferación de actores monocausales (abocados a una sola causa o temática), así como otros de marcado acento local, lo que unido al desprestigio generalizado de la clase política, genera una sintomática carencia de unidad con sentido estratégico, situación que la derecha sabe explotar muy bien. De hecho, los avezados representantes políticos de la derecha y centro derecha, pese a todas sus posibles diferencias internas, se transforman en los seres más pragmáticos de la tierra al momento de defender sus privilegios cuando estos se ven seriamente amenazados.


En este sentido, el escenario post-plebiscito del 25 octubre, será de una intensidad y complejidad política creciente, por dos motivos principales:


a) En primer lugar, como señalamos, el debate más inmediato se referirá a la necesidad de elegir representantes para la Convención Constitucional (léase Asamblea Constituyente), evento electoral que ocurrirá el 11 de abril de 2021 (todo el proceso constituyente está proyectado para finalizar dentro de los primeros meses de 2022 con un nuevo plebiscito que deberá aprobar o rechazar la nueva constitución propuesta). Por cierto, la discusión y selección de candidatos y candidatas a representantes que ocurrirá en los meses previos a la elección del 11 de abril, indudablemente estará cruzada por los contenidos que se buscarán expresar en el nuevo texto constitucional. Es aquí donde la disgregación del mundo progresista antineoliberal es la mejor carta y la mayor esperanza con que cuentan los sectores conservadores y defensores del modelo neoliberal. Y, por cierto, harán todo lo que este en sus manos para evitar la unidad de las fuerzas progresistas.

b) En segundo lugar, el escenario político del próximo año también estará determinado por la elección presidencial que se realizará el 21 de noviembre. Según como se resuelva la coyuntura electoral del 11 de abril será como se siga desenvolviendo el proceso en favor o no de las fuerzas anti-neoliberales. El gran desafío histórico para el polo anti-neoliberal, sin lugar a dudas es la Unidad (con mayúsculas), o sea no solo acuerdos parciales buscando obtener ventajas particulares sobre algún determinado representante o candidato, sino que la unidad tras un proyecto estratégico de cambios políticos y sociales para el país y que, además, vaya quedando reflejado en el nuevo texto constitucional. Obviamente esta unidad con sentido estratégico es un objetivo complejo y difícil de conseguir, pero no imposible.


Ahora bien, si pensamos en el escenario más optimista para el polo progresista anti-neoliberal, este sería un rápido avance hacia un proceso unitario maduro y con sentido estratégico que podría llevar a que se enfrente de manera conjunta, por una parte la elección de representantes de abril, además que se constituya un poderoso frente al interior de la Asamblea Constituyente por una Constitución profundamente progresistas y finalmente que también se pueda enfrentar de manera unitaria la elección presidencial de noviembre de 2021, detrás de un programa de claras e importantes transformaciones sociales y políticas. En el escenario más pesimistas, las tendencias centrifugas primarían en este polo progresista, lo que indudablemente dificultaría la discusión de los constituyentes y, además abriría el camino a un posible triunfo en las elecciones de noviembre de 2021 de una derecha experta en acrobacias políticas gatopardistas. Evidentemente, entre estos dos escenarios también polares, se puede dar una amplia gama de posibilidades intermedias, según se desenvuelva la lucha política concreta.


De todas formas, cabe tener presente que, si el escenario que llegase a primar es el pesimista o esté más cercano del pesimista, en ningún caso significaría la vuelta a la “normalidad neoliberal” preestallido social del 18 de octubre del año pasado. Evidentemente significaría que la sagacidad política de los defensores del neoliberalismo fue mayor y supieron explotar mejor las contradicciones internas del polo progresista. Pero, lo más probable es que se trataría de “triunfos” relativos del polo conservador neoliberal. Las demandas por las transformaciones profundas que la sociedad exige no se detendrán, y no es descartable que vuelvan, aún con mayor fuerza, los escenarios de masivas movilizaciones populares por parte de una ciudadanía que aprendió su más importante lección política: más allá de la mayor o menor competencia de sus representantes políticos, si no está en la calle y movilizada, no hay cambio posible.


Por cierto, está el factor COVID 19. Si se prolonga esta pandemia, ¿seguirá la población tranquilamente confinada en cuarenta un año más? Para esta pregunta no hay respuesta posible por el momento. Pero de igual forma, podemos especular que, si esta pandemia no logró detener, sino que apenas ralentizar, el proceso político que se abrió en Chile con el estallido social y que tiene en el plebiscito del 25 de octubre su primer hito importante, de prolongarse esta pandemia el desenvolvimiento de los acontecimientos podría ir más lento, pero en ningún caso se detendrá.


Lo cierto es que el escenario político actual de Chile, si lo comparamos con el que existía a fines de septiembre del año pasado, ha cambiado de manera radical. El 29 de septiembre de 2019, nadie hubiera imaginado, ni siquiera el más preclaro de los analistas políticos, que el Chile neoliberal, suerte de “paraíso” del neoliberalismo global, iba a estar ad portas, un año más tarde, de un proceso de cambio constitucional de enorme trascendencia y significado.


Por cierto, es muy difícil prever el futuro, pero lo que es indudable es que la coyuntura política cambio dramáticamente. La historia política del país, desde su independencia hasta el presente, ha pasado por diversos ciclos político-económico-sociales de mediana duración. Por ejemplo, si nos fijamos en el siglo XX, vemos que el ciclo republicano democrático y de fuerte incidencia en la industrialización del país que se inició con la Constitución de 1925, permitió, entre otras cosas, que en 1970 llegara a la presidencia Salvador Allende con un programa que buscaba construir una sociedad socialista por vía democrática. Ese ciclo se cerró violentamente con el golpe militar del 11 de septiembre de 1973, que, a su vez inauguró el sangriento ciclo político dictatorial que, en lo económico instaló el modelo neoliberal. Ese ciclo dictatorial, se cerró parcialmente con el plebiscito del 5 de octubre de 1988, cuando la ciudadanía le dijo No a la continuidad del dictador en el Gobierno. Y si bien, en esa oportunidad se recuperó la democracia, el modelo neoliberal, inaugurado por la dictadura, siguió por espacio de 3 décadas más. Pues bien, el estallido social del 18 de octubre de 2019 y el próximo plebiscito del 25 de octubre están señalando el inicio del cierre de lo que quedó pendiente el 5 de octubre de 1988: el cierre del ciclo neoliberal que inauguró la dictadura militar. ¿Cuánto durará este proceso de cierre y qué vendrá después?, o ¿qué es lo que sucederá al neoliberalismo en Chile?, es la historia del tiempo presente que se está escribiendo.


Fernando Estenssoro

Dr. en Estudios Americanos

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