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Carlos Altamirano: recuerdos a cien años de su nacimiento. Por Jorge Arrate

Antes de conocerlo fui ávido seguidor de sus entrevistas y declaraciones en “Noticias de Última Hora”, el querido vespertino de titulares rojos que invadía todas las tardes los kioscos de diarios del bullicioso centro de Santiago o de sus artículos sobre economía en la revista “Arauco”. Carlos daba siempre en el blanco con sus argumentos y, cuando se trababa en una contienda, no perdonaba la yugular del adversario. Para mí, próximo a obtener el título de abogado, él era el socialista más descollante de la generación que seguía a la de Allende y Ampuero.



El origen social del nuevo líder suscitaba incómodas reticencias. Eran explicables en un PS orgulloso de su perspectiva clasista -clase obrera y popular, trabajadores manuales e intelectuales- en la que, sin embargo, abundaban los profesionales universitarios de clase media. A pesar de ello el corazón de los socialistas seguía latiendo con ritmo proletario... De algún modo misterioso se conjugaron esos elementos para que Altamirano fuese la luminaria ascendente en aquellos días de tono rebelde.

Yo sentía que junto a mis amigos de la Escuela de Derecho íbamos colgados del último vagón del tren asalariado y popular gracias a nuestra condición de trabajadores del pensamiento. Pese a eso no cabía duda: la Universidad era para pocos y formábamos parte de una élite, lo quisiéramos o no. En todo caso Carlos era más que eso. No solo era abogado sino que provenía de una familia de la gran burguesía que ostentaba algunos notables en sus filas, entre ellos un señor que había ocupado en el siglo XIX la presidencia del Banco de Chile, la más poderosa institución bancaria del país, sostén financiero de la oligarquía y de su predominio económico. Era el abuelo de Carlos. Por lo tanto, Carlos era un “pije”. ¿Por qué pretendería expropiar a latifundistas ricos, a industriales ambiciosos e insaciables, a grandes financistas, a los capitales estadounidenses? En el Partido Socialista, desde su fundación, los máximos dirigentes habían sido profesionales universitarios, con la excepción de Grove, que era militar. Pero había límites... Un compañero de extracción popular me comentó una vez: “Entiendo, compañero Arrate, que Lenin haya dicho que la teoría le llega desde fuera a la clase obrera, aunque no creo que de tan afuera...” Intenté explicarle: acuérdese de Engels, compañero, y en Chile de Santiago Arcos... Altamirano, cuya presencia en el PS parecía excéntrica, era una “oveja negra” de la burguesía, un rebelde, un gran rebelde, primero que nada con su clase social. Ese perfil, avalado por su relación de amistad con Allende, terminó imponiéndose hasta el punto que una gran mayoría de los socialistas lo reconoció como su líder. Y, como era esperable en esa época, la derecha lo imaginó como un demonio descastado.

Supongo que fue Hugo Zemelman quien nos conectó a comienzos de los sesenta. No estoy seguro. O quizá fue Manuel Valenzuela. A pesar que Carlos no pertenecía a mi apreciado núcleo Engels, nos encontramos algunas veces durante la campaña parlamentaria de 1965, cuando él fue elegido senador, y la presidencial de 1970. Luego de la elección de Allende, Altamirano buscó mi ayuda para conformar los equipos técnicos y profesionales del PS y asumió en la Comisión Política la desgastante tarea de enfrentar a Aniceto Rodríguez en ásperas discusiones sobre las propuestas de nombres para cargos de gobierno. Recorrí muy cerca de Altamirano los mil setenta y cinco días de la Unidad Popular y aprendí de su discreción y respeto, mientras una corriente de afecto recíproco fue construyendo una amistad.

El primero de enero de 1974 nuestro Secretario General apareció junto a Fidel Castro en la Plaza de la Revolución en la Habana. Hubo alborozo entre sus amigos y compañeros, que ignoraban hasta ese momento si había conseguido o no sortear la persecución militar. Casi enseguida recibí en Roma un pasaje para viajar a Berlín. A mi llegada me esperaba un taciturno funcionario alemán que me condujo a un departamento amplio y con muebles funcionales en un hotel moderno en que el PSUA hospedaba a sus invitados. Miré un rato el fluir del río Esprea por las amplias ventanas. Unos cisnes navegaban despreocupados. Cuando apareció Altamirano comenzó el período más intenso de nuestra relación política, entre 1974 y 1981, tiempo en el que me convertí en su más cercano colaborador. Debo a su confianza y apoyo una vasta experiencia internacional y el privilegio de haber colaborado en días de impetuoso activismo con una de las figuras más singulares y polémicas del socialismo chileno. En algún instante, cuando Carlos ya vivía en París, su hijastro Julio Donoso, un fotógrafo profesional de gran prestigio en Francia, organizó con nosotros una sesión fotográfica. En una de las fotos Carlos está sentado y yo de pie a su lado. Aparezco allí con mi barba de esos días y fumando pipa. Años más tarde “El Mercurio” la publicó con la lectura: “Carlos Altamirano y su delfín Jorge Arrate”. Me sentí halagado.

Altamirano me contó buena parte de su periplo para escapar de sus perseguidores. Al despedirnos me dijo que tenía un encargo que no quería olvidar. Se había ocultado por tiempos cortos en distintas casas de barrios populares de Santiago, casi siempre de compañeros socialistas a los que no conocía. Debía moverse de un lugar a otro para no ser detectado. Un día un destacamento de soldados estuvo a punto de descubrir su escondite en un entretecho. Los instantes aquellos habían parecido una eternidad para él y los habitantes de esa modesta vivienda. Cuando partió de allí, le entregó al dueño de casa un par de colleras con sus iniciales y le dijo que si alguna vez necesitaba ayuda se acercara a uno de sus amigos y se las exhibiera.

“Te cuento por si acaso”, me dijo. “Como ellos hubo varias familias de enorme nobleza y valentía. Les debo la vida. ¡Capaz que alguien aparezca por Roma con las colleras! Uno nunca sabe”. Meses después se presentó en la oficina de Via di Torre Argentina un hombre joven, apenas sobre los veinte años, recién llegado a Italia, y me dijo con timidez: “Me informaron que usted es amigo de Carlos Altamirano. Mi padre me pasó estas colleras”. Pudimos ayudarlo a ordenar su existencia y a estudiar con éxito y su progenitor Víctor Urbiba obtuvo más tarde refugio en Holanda.

En 1975, una vez terminado el informe que Altamirano rendiría ante el Pleno del Comité Central, nos trasladamos desde Santa María del Mar a una casa de protocolo en La Habana. Fue cerca de la media noche cuando el Comandante Piñeiro anunció a Carlos que nos recibiría Fidel. Tengo impresiones borrosas sobre el sitio al que fuimos. Había asientos y una bandeja con gaseosas, ron y una caja de habanos en el vasto salón donde nos instalamos. La amplitud era importante: Fidel, a quien yo veía por tercera vez, vestía uniforme verde olivo y se movía de un punto a otro mientras hablaba a borbotones, con convencimiento y pasión. Su presencia era la de un líder victorioso. Con su cuerpo y gestos parecía ocupar todo el espacio a su alrededor. Su habla era exuberante, lleno de incitaciones a la lucha, y a la vez analítico. Me impresionó escuchar su voz tan vigorosa y más libre que la de jornadas oficiales. Sobre Chile, hablábamos sobre Chile.

Altamirano vivía días complicados. Comprendía que la dictadura y sus medios de comunicación, e incluso sectores de la Unidad Popular, le atribuían una responsabilidad principal en el desencadenamiento del golpe militar y que era muy posible que esa visión se difundiera aún más. Ya sospechaba que haría las veces de “chivo expiatorio”. Años más tarde, a fines de los ochenta, cuando aceptó mi propuesta para hacer un libro-entrevista en París con la periodista Patricia Politzer, Altamirano diría que todos podrían dormir tranquilos mientras él cargara con las culpas. Ya en esos días del pleno Carlos parecía no tener claras sus decisiones personales. Sabíamos que podría superar cualquier vacilación gracias a la fortaleza de su carácter y a su afán por reivindicarse y desmentir a sus adversarios. No obstante, aquella carga significaba recurrentes dudas sobre su continuidad en la Secretaría General y su destino político. Por momentos llegaba a la convicción que no debía continuar. Era demasiado: lo sindicaban como responsable del fracaso del diálogo con la DC, de haber extremado las posiciones frente a Allende, de haber conspirado con sectores de la Marina, de desencadenar el golpe con su discurso del 9 de septiembre en el Teatro Caupolicán. Para colmo la dirección interior levantaba una postura “liquidacionista”, según su apreciación, que negaba el valor de la singularidad socialista y parecía no reconocer su contribución personal como correspondía, ni su empeño por permanecer en Chile y no asilarse como tampoco su rol como Secretario General. Sectores que le habían entregado apoyo se agrupaban ahora en la Coordinadora Nacional de Regionales (CNR) y hacían llegar su parecer crítico a Berlín, donde era vecino de departamento de Adonis Sepúlveda, Subsecretario General, un dirigente histórico identificado con el ala más terca del PS. A través de mensajeros o del propio Adonis, con quien mantenía una relación de respeto mutuo, Altamirano recibía las demandas de aquellos que exigían ser integrados a la dirección partidaria. Los miembros de la Coordinadora eran sin duda parte del PS, por eso su petición planteaba un problema casi insoluble. Carlos era sensible al hecho que se trataba de compañeros dispuestos a luchar y que levantaban banderas socialistas y, a la vez, temía que cualquier paso precipitado para forzar una dirección partidaria integrada produjera el efecto contrario y generara un clima insuperable de división. Por otra parte, Aniceto Rodríguez, un antiguo dirigente partidario y figura política nacional, instalado en Venezuela luego de su prisión en isla Dawson, no reconocía la dirección que encabezaban Altamirano y, en Chile, Exequiel Ponce. Quizá fuese mejor para el PS que él diera un paso al costado.

Carlos tenía algo más de cincuenta años. Vivía en una ciudad en la que era tratado con especial deferencia por el jefe del gobierno, Erich Honnecker, y por los miembros del aparato estatal, pero donde no manejaba el idioma ni se identificaba con el paisaje. Sus dudas vitales, que yo conocía bien, no surgieron de modo explícito en la conversación de varias horas con el líder cubano, en la que Carlos guardó largos silencios, algo que con Fidel no era tan difícil. No había una agenda, era un diálogo desordenado en el que me atreví a intervenir solo un par de veces. Los militares, el traidor Pinochet - que había estado en La Habana y se había codeado con Castro- las disputas socialistas, las diferencias con los comunistas y el MIR, la proyección futura de la lucha... Larga, prolongada, decía Fidel, repetía Piñeiro, confirmaba Altamirano con desgano. Allende era un tema en que todos evitaban los puntos polémicos, con delicadeza, con respeto, con admiración. Más allá de aciertos y errores, con admiración...

Habrán sido las cinco de la mañana cuando nos despedimos del Comandante. Carlos había expuesto con discreción algunos de los temas políticos y se había reservado las dudas que lo carcomían. Creo que el cubano las adivinaba o conocía. La conversación, entonces, adquirió un subtexto en que Fidel intentó animar al Secretario General del PS a asumir su tarea con plenitud y sin limitaciones autoimpuestas. Altamirano tenía confianza con él y con Piñeiro. Había entre ellos una cálida corriente de afecto. Recibió esa noche una opinión que valoraba mucho, clara y sin ambigüedades: su obligación moral y política era perseverar, continuar su lucha y cumplir un rol unitario.

Altamirano fue un personaje inspirador, de insaciable curiosidad intelectual y con un espíritu crítico irreductible. Su liderazgo fue decisivo para el desarrollo de la renovación socialista. Viví aquellos años desafiado por sus preguntas y alentado por sus argumentos, exigido por sus reflexiones nutridas por múltiples lecturas: Gramsci, sin duda, y también otros teóricos italianos o franceses o españoles o latinoamericanos, Mariátegui entre ellos, que correspondían a distintas corrientes del marxismo. Nuestro diálogo intelectual, al que a menudo se sumaba el inolvidable Máximo Lira, que viajaba desde Varsovia, se inició apenas Carlos llegó a Europa, se intensificó los dos años que viví en Berlín Oriental y siguió en las muchas sesiones de trabajo que compartimos cuando se trasladó a vivir a París. Yo estaba ya en Rotterdam y nos reuníamos en ambas ciudades, la mayoría de las veces en su casa de rue Saint Etienne, cerca del Pantheon. No dejábamos tema sin considerar, entre ellos la codificación “marxista leninista”, la relación entre estructura y superestructura en Marx y en Gramsci, el concepto de hegemonía, la relación entre cultura y política, la derrota de la Unidad Popular, la propuesta democrática de Allende y la recuperación del pensamiento político de Eugenio González y Raúl Ampuero. El concepto de partido fue otro tema discutido in extenso. Altamirano abrió en éste, como en otros temas, una discusión de largo aliento, al poner en cuestión la idea del partido leninista clásico que había hecho camino en el PS y en toda la izquierda chilena. Al final del camino, a fines de los noventa, como señalaré más adelante, Almeyda llegó a la misma conclusión.

Me gratifica recordar que fui uno de los que acerqué a Altamirano al pensamiento de Gramsci, desde mis años en Roma, y no he olvidado la mala pasada que él me jugó en Sofía, mientras almorzábamos con Teodor Zhivkov, primer ministro y secretario general del Partido Comunista de Bulgaria, y un grupo de sus camaradas. Carlos, que a veces rozaba lo impertinente con sus constantes preguntas, le consultó qué pensaba de Gramsci y agregó: “Le advierto que aquí está el compañero Arrate, un especialista y fervoroso admirador”. Lo sentí casi como una delación. Era una sutil provocación que pondría en dificultades a nuestro invitante. Zhivkov y los ministros y dirigentes que lo acompañaban, todos de la vieja guardia comunista búlgara, heroicos sobrevivientes de la guerra mundial y leales seguidores del marxismo soviético, me miraron con una mezcla de curiosidad y misericordia y se largaron a reír. Algunas frases en búlgaro, dichas en medio de risas e ignoradas por el traductor, me desanimaron por completo. ¿Qué comentario estarían haciendo? ¿Podía Gramsci provocar esa risa? ¡Cómo se burlarían de mí mis amigos comunistas italianos si me vieran en esa circunstancia!

Años más tardé asistí en Sofía a un encuentro del Consejo Mundial de la Paz como parte de una delegación chilena. Nuestro attaché era un hombre bastante mayor, un búlgaro que había aprendido español siendo combatiente en las Brigadas Internacionales en España. Era atento, merecedor de nuestro respeto. Los participantes habíamos recibido un modesto viático y partí con un grupo a una tienda de departamentos para comprar algún recuerdo. De súbito vi una enorme caja llena de gorras como la que usaba Lenin. Ahí estaba mi souvenir. La compré de inmediato y al regresar al hotel la mostré a nuestro amigo búlgaro. “Mire, compañero: la gorra de Lenin”, le dije. “No, compañero, no es esa la gorra de Lenin. Es la de Stalin”. Mi rostro, imagino, mostró decepción y hasta disgusto. No vacilé: “Voy de inmediato a devolverla”, dije. “No se apresure, compañero. ¡No todo Stalin era malo! ¡No todo Stalin era malo!”

Pensé entonces que el proceso posterior a la Revolución de Octubre, la victoria de Lenin, su muerte, la disputa entre Stalin y Trotsky, la transformación de la URSS en “la” patria del socialismo mundial- habían inscrito al marxismo en la tradición autoritaria eslava que tan bien habían encarnado los Zares. El marxismo se había “eslavizado” y el intento de aplicarlo desde esa tradición a otras culturas era una limitante de su potencialidad emancipadora. El gran debate, que animó Palmiro Togliatti al término de la segunda guerra, entre la opción monocentrista que convertía a la Unión Soviética en el centro único del sistema, y su propia perspectiva, que reconocía múltiples centros para el desarrollo de la contienda internacional del socialismo, fue una reacción a la “sovietización” del marxismo. Las décadas siguientes no fueron afortunadas. La frescura de la Revolución Cubana resultó aplacada por su urgente e inevitable búsqueda de refugio bajo el alero militar y económico soviético. La evolución que ha tenido el gran empeño chino indica que, al menos hasta ahora, aquella versión del marxismo se inscribe en la milenaria tradición autocrática oriental. En el transcurso de este tiempo, la “primavera de Praga” que encabezó Anton Dubcek, la “vía chilena el socialismo” impulsada por Allende y la “perestroika” de Gorvachov que puso en jaque el totalitarismo del sistema soviético, fueron todas experiencias derrotadas.

El año anterior al cataclismo socialista de 1979 se había celebrado en Dresden ---¿o fue Leipzig?--- en la República Democrática Alemana, un pleno partidario con participación de representantes de la dirección interior y los miembros del Comité Central radicados en el exterior. Un acuerdo unitario permitió nominar al “secretariado exterior” del Comité Central. A esa reunión secreta se la conoce hasta hoy como “Pleno de Argel”, porque se informó, con el consentimiento de los argelinos, que allí se había celebrado. Altamirano llegó a Holanda desde “Argel” y con Jerez lo fuimos a recoger al aeropuerto. Nos dirigimos a mi casa y allí nos informó de los resultados del pleno y de mi designación como miembro del Comité Central y del secretariado exterior.

Estamos sentados en la sala, que tiene grandes ventanales hacia el frente y hacia atrás. Bebemos café recién hecho. La luz entra sin obstáculos a esa hora de la mañana. Yo me siento feliz. Soy ahora miembro del “Central”, como denominamos al máximo órgano colectivo del PS, si bien mi incorporación ha sido por designación de un pleno y no de un congreso partidario. Son días en que las viejas formalidades han perdido significado por la imposibilidad de sostenerlas. Gran parte de la dirección en Chile ha sido “cooptada”, pienso, es decir incorporada de hecho, ya que un sinnúmero de dirigentes están muertos, desaparecidos o exiliados. El relato de Carlos es detallado y esperanzador. Él mismo no logra ocultar un cierto entusiasmo.

Después de “Argel” y hasta abril de 1979 me trasladé ocho veces a participar en las reuniones del secretariado. Viajaba en Interflug, la aerolínea alemana oriental. Los vuelos eran puntuales y contradecían la difundida imagen negativa de las compañías de aviación de Europa del Este. Mis agendas de esos años registran en clave esos acontecimientos. Así como Dresden se llamó “Argel”, Berlín para mí se llamaba “Viena” y anotaba mis viajes en la libreta con tres letras mayúsculas: “VIE”, aunque no iba a la ciudad de Freud sino a la de Marx. Tomábamos precauciones, algunas al límite de la tontería. Como esta, que no recuerdo si adopté con la pretensión de despistar a eventuales agentes chilenos o para no hacer tan evidente a los servicios de inteligencia occidentales mis excesivos viajes a la RDA. Cualquiera haya sido la razón, aquella conducta hoy me parece un chiste por su evidente ineficacia. Cito el hecho con el fin de registrar la atmósfera de entonces. Flotaba la sensación de que éramos vigilados.

El mundo del espionaje, tan propio de la Guerra Fría, estaba de moda con las memorias de Trepper, el gran agente soviético durante la Segunda Guerra, y el libro de un periodista francés sobre su grupo, la llamada “orquesta roja”. Devorábamos las novelas de le Carré y las peripecias de su principal personaje, John Smiley, el agente inglés que se enfrentaba a la inteligencia soviética y era un eterno desconfiado de la CIA. Yo, además, me había aficionado a las de Graham Greene, algunas de las cuales transcurrían en escenarios plagados de espías, como Sudáfrica o Viena, siempre plenas de dilemas morales.

Altamirano, por recomendación de la inteligencia alemana oriental debía, a esas alturas, viajar con un custodio, un ex miembro del GAP, reentrenado por los germanos. Era una prevención necesaria. No fue sorpresa para mí cuando a fines de los ochenta -yo ya estaba en Chile- Manuel Contreras, el jefe de la DINA, declaró a la prensa que había asistido a mediados de los setenta a una reunión de chilenos en Bruselas. Y, según dijo, había comido empanadas y platicado con los asistentes. A la mañana siguiente un periodista me preguntó si yo había estado allí y si recordaba haberlo visto. “Sí, estuve”, le dije. “En cuanto al señor Contreras, debo decirle que no lo recuerdo en absoluto. No veo razón por qué habría de grabarse en mi memoria algo tan insignificante como un tipo bajo, moreno, rechoncho y mofletudo comiendo empanadas”, contesté. Causé hilaridad entre los reporteros y gané espacio en una primera página. Verdadera o no la historia de Contreras, durante el destierro nos vigilaban. Y difundían informaciones falsas, como aquella que el propio Contreras desclasificó, según la cual yo había sido miembro de la Junta Revolucionaria del Cono Sur, en la que participaba el MIR, no el PS, y que había ingresado a Chile, desde Argentina, tres mil metralletas checoeslovacas. Ya habían asesinado a Prats en Buenos Aires y a Letelier en Washington y malherido a Leighton y a su esposa Anita Fresno en Roma. Teníamos al enemigo al frente, en Chile y también asomado afuera.

A pesar de los desafíos, fue un tiempo arrastrado, que transcurrió con lentitud, desprovisto de esperanzas que no fueran quimeras. Entonces, dedicamos parte de nuestra energía y pasión a combatirnos entre nosotros. La división fue una dura experiencia política y, aunque conozco bien las razones y no reniego de ellas, jamás termino de hacerme preguntas sobre el episodio.

El traslado de Altamirano a París fue para sus amigos un acontecimiento mayor. Su mujer Paulina había comprado una casa de cuatro pisos pequeños, hecha con sólidos pilares y vigas de madera, en la calle Saint Etienne du Mont, próxima al Pantheon y a la Place de la Contrescarpe. El primer piso se arrendaba. La buhardilla del cuarto nivel se convirtió en mi alojamiento cada vez que iba a París.

Carlos era un gran caminante, una afición por el buen ejercicio que conservaba desde su época juvenil, cuando fuera ungido campeón sudamericano de salto alto. Uno de los momentos placenteros de aquellas estadías en París eran esas largas caminatas. Las más de las veces bajábamos de la colina hacia el Sena, pasábamos frente a la casa particular de Francois Mitterand en el barrio latino, llegábamos a alguno de los puentes que cruzaban el río y recorríamos las islas o nos internábamos en el barrio Le Marais. Otras veces errábamos por los Jardines de Luxemburgo y un parque más pequeño, que me gustaba muchísimo, el Parc de l ́Óbservatoire. Había ocasiones en que él proponía tomar el metro y bajarnos en el Bosque de Boulogne o en algún otro sitio alejado que permitiera caminar sin sentir el ruido de la ciudad y sin sus humos. Eran ratos largos en que yo terminaba cansado y él parecía querer continuar el recorrido a toda costa. ¡Carlos tenía diez y nueve años más que yo!

No era puro esparcimiento. Dialogábamos sobre las noticias de Chile, las novedades partidarias, el curso de las disputas internas del socialismo francés y, sobre todo, los grandes debates teóricos que conmovían a la izquierda mundial. El eurocomunismo marcaba claras distancias con el modelo soviético, la socialdemocracia aún daba batalla en defensa del “Estado de bienestar” y el tema sobre la vinculación entre socialismo y democracia invadía los círculos académicos y políticos de inspiración marxista. En esa materia, pensábamos, los chilenos teníamos un modesto patrimonio teórico que aportar.

Todos los mediodías, minutos antes del almuerzo que preparaba Paulina con destreza, Carlos caminaba el par de cuadras que lo separaban de la panadería de la Place de la Contrescarpe para comprar una baguette tibia y crujiente. Aparte de eso, había asumido algunos otros deberes domésticos gracias al belicoso ánimo feminista de Paulina. Algunas veces Máximo Lira viajaba desde Varsovia para que sesionáramos los tres u otras llegaba por períodos más largos a alimentar el intercambio intelectual con Carlos.

En 1980, antes del evento conocido como “24 Congreso”, organizado por el PS (Altamirano), Carlos ya había decidido dar un paso al costado. Durante un pleno de todas las seccionales europeas realizado en París me advirtió que dejaría su cargo y que me propondría como su reemplazante. En el curso del evento sentí que no estaban dadas las condiciones para ese paso, que la figura de Altamirano era indispensable para dar viabilidad a la idea de rescate y renovación de la doctrina socialista. Me sentí inhibido, pensé que yo no tenía el grado de legitimación necesario. En un momento me levanté, crucé la larga sala y me acerqué a Carlos, que presidía. Al oído le pedí que no llevara adelante su idea. Debió esperar el Congreso para retirarse de la primera línea partidaria. Cuando lo hizo tenía 59 años.

Nunca perdió su curiosidad intelectual y su interés por la política. Con el paso de los años, ya en el siglo XXI, para el octogésimo aniversario del PS, recibió una medalla en un acto de homenaje a antiguos militantes.

Después de la caída del muro regresé a Berlín en 1991, invitado en mi condición de presidente del PS por las juventudes del Partido Social Demócrata Alemán, que sostenían posturas de avanzada social y mantenían un interés en América Latina.

Altamirano fue también convocado al mismo encuentro y partimos juntos desde Santiago. Aquel retorno me produjo contradictorias sensaciones. Nos alojaron en un hotel de la parte occidental y desde allí caminamos hacia el oriente de la ciudad. Divisamos en un momento la imponente puerta de Brandemburgo, que yo había visto siempre desde el este, y nos fuimos aproximando a ese arco que era una de las marcas divisorias entre las dos partes de Berlín. En la explanada que lo rodea había un mercadillo lleno de mesones con objetos para la venta. Los turistas los manoseaban sin piedad. Había uniformes completos de soldados u oficiales del ex ejército de la RDA, colecciones de gorras utilizadas por militares y policías alemanes orientales, condecoraciones, galones, charreteras, anteojos para avistar a distancia y en la oscuridad que habían sido parte del equipamiento de los guardianes del muro. También había atuendos de soldados soviéticos. Una de las famosas artesanías rusas, las muñecas huecas de madera, tenían el rostro de Gorbachov, en su interior el de Andropov, en su interior el de Breznev, en su interior el de Krushev, en su interior el de Stalin, en su interior el de Lenin, en su interior el de Marx... Insignias y prendedores, tarjetas postales, pegatinas y magnetos con el rostro de Lenin, de Marx, de Mao, se vendían al igual que las pequeñas reproducciones de la torre de Eiffel en Paris o del Coliseo en Roma o del Big Ben en Londres. Souvenirs. El universo anterior al desmoronamiento de la barrera que dividía Berlín se había desvanecido, era ahora mercadería turística, estaba convertido en baratijas equivalentes a las figuras del Pato Donald o del Ratón Mickey.

Más allá un tipo con un tocadiscos y un parlante hacía oír canciones nazis. La mayoría de los alemanes, según nos dijeron, no compartían esa conducta, que en efecto existía y no podía ser reprimida. Sentí añoranza e incertidumbre sobre el futuro del socialismo, de aquel que algún día pudiera conjugar igualdad con libertad. No del que había sucumbido luego de emparentarse con el totalitarismo, aunque -cómo no reconocerlo- más allá de ser una versión deforme y contrahecha al punto que para algunos quizá no merecía llamarse tal, había dejado un innegable vacío: ahora el capitalismo transnacional campeaba sin contrapeso.

En un exilio que comenzó a disolverse cuando en los ochenta pudieron regresar a Chile numerosos dirigentes y militantes, mi relativa soledad política fue compensada por la presencia de mi amigo Altamirano en París. Mis viajes allí incluían actividades con una de nuestras seccionales más potentes del exterior y con el fraternal PS francés. Carlos siguió siendo protagonista del proceso de renovación y se mantuvo atento a los acontecimientos partidarios internos. Hasta que en 1987 me correspondió a mí, por fin, el turno de regresar. Las sesiones de discusión continuaron ahora en un dúo en vez de un trío: Máximo siguió de compañero de inquietudes y debates de Carlos. Altamirano quería retornar tan pronto pudiese. Había en su contra un juicio pendiente en Valparaíso por la bizarra denuncia formulada por la Marina en 1973, que lo acusaba de conspirar con la marinería, cuando en los hechos algunos valerosos marineros habían contactado a Carlos para denunciar la conspiración de sus almirantes. Manuel Valenzuela realizó múltiples gestiones para el retorno de Altamirano y yo hablé sobre el asunto con el Presidente Aylwin, por mi propia iniciativa.

Cuando el regreso fue posible Altamirano se trasladó a Buenos Aires y nos pidió a Manuel y a mí que lo acompañáramos en su viaje de retorno. Nos juntamos en el Hotel Francia, en el barrio de la Recoleta, y al día siguiente volamos a Santiago, donde lo esperaban numerosos amigos.

Observó con inquietud el proceso de reunificación que encabecé junto a Almeyda. Sintió que el rescate y la renovación de la doctrina socialista estaban amenazados, si bien no sospechó -tampoco yo, tampoco Almeyda- que la amenaza era en la dirección opuesta a la que imaginaba: un sector del almeydismo no solo no defendería la vieja ortodoxia que había predicado sino que sería importante protagonista, junto a otros, del fenómeno que bauticé como “ultra renovación”, un viraje a un tipo de moderación que ha conducido al PS a conformarse con una transición a la democracia que comenzó con grandes logros y esperanzas y fue convirtiéndose en un tiempo de resignación y acomodo.

Pocos días antes de entregar a la editorial el manuscrito de este libro Carlos Altamirano murió en paz a los 96 años, en el lugar que habitó desde su regreso a Chile en 1993, rodeado de árboles frondosos y de bellos arbustos que él mismo había plantado junto a Paulina, su mujer, y a Francisco, su jardinero, chofer y amigo. Paulina Viollier los había regado con perseverancia, para que crecieran mucho, para que fueran muy vigorosos. Solo un perro quedaba allí según observé el atardecer de la muerte de Carlos, el último de una especie que lo acompañó durante todos esos años en sus caminatas por aquel rincón precordillerano.

Sentí que había respeto por su muerte, más allá del desvarío de alguno que estimó que desenterrar odiosidades era un buen método para sacar unos votos más en las elecciones internas socialistas que tendrían lugar a fines de esa semana. Más allá, la polémica, legítima polémica, ha estado presente en los obituarios, declaraciones y entrevistas de estos días. Era que no: Carlos fue polémico, frontal en sus planteamientos, decidido en su accionar, corajudo en su desempeño político. Tenía un horizonte que nunca abandonó y, como me dijo una vez, la política era para él, en primer término una lucha de ideas, de proyectos. En la política había cálculo, ego, miseria, fantasía, ansias de poder, en fin, pero aquello que debía ordenar la acción de quién se volcaba a su ejercicio eran las ideas, los principios.

En sus funerales su hermana contó que cuando a los dieciocho años se entrenaba para el campeonato sudamericano de salto alto, en 1946, ella, más pequeña, lo observaba colocar la vara una y otra vez. En uno de los extremos Carlos, para reforzar su visión, le había amarrado una banderita roja. Durante toda su vida puso la vara alta, para los demás y para sí mismo . Y siempre con una cinta roja.

*Este texto corresponde al capítulo 68 de las memorias del autor. Se publica como un homenaje en el centenario del nacimiento de Carlos Altamirano el 18 de diciembre de 1922. Jorge Arrate, Volveremos Mañana, Editorial LOM, Santiago, 2021.

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