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Con más pasión y cariño: el "mundo de la cultura" y el socialismo chileno

El socialismo chileno no sólo fue una poderosa casa política, fue ante todo una sensibilidad que representó a amplios sectores de la sociedad: una “familia”, dicho en palabras de Clodomiro Almeyda. Esa “familia” fue principalmente un partido de masas que a su vez fue capaz de atraer de manera muy importante a las y los artistas de la alta cultura chilena. Por las militancias emblemáticas de Pablo Neruda y Violeta Parra más tantos otros, generalmente se piensa que el Partido Comunista fue la única casa que estuvo abierta para la cultura pero no fue así.


Por Tomás Manuel Fábrega.



En tiempos de excesiva profesionalización y en los cuales a los partidos políticos se les pide como requisito contar con una plantilla numerosa de abogados o una legión de doctores en economía, vale la pena recordar que en algún momento los partidos miraron hacia las artes. Pasaron por las filas socialistas, artistas como Héctor Barreto, Manuel Rojas, el cronista Alfonso Calderón y la destacadísima poeta Stella Díaz Varín, incluso “la colorina” fue dirigenta del Regional Cordillera. En una conversación con Claudia Donoso sostuvo: “yo creía a pie juntillas en el proyecto de la UP. La poesía pasó a ser secundaria y dejé de lado todo, porque dije esto es primero y ya veremos después”.


Los cineastas Raúl Ruiz y Miguel Littín, dos de los mejores de la historia nacional, también encontraron en el socialismo su domicilio político. Ruiz fue jefe del Departamento Cine del Partido, inclusive le ganó la postulación a otro cineasta destacado, Álvaro Covacevich, director de “Morir un poco”. Por otro lado, Littín fue alcalde Palmilla bajo el auspicio del Partido Socialista. Asimismo, fueron socialistas los pintores José Venturelli, Carmen Silva y Lenka Chelén.


Si bien el PC logró tener una cierta hegemonía sobre sociedades artísticas tales como la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), socialismo dirigió la asociación a través de los poetas Julio Barnechea y Guillermo Atías y del propio Manuel Rojas quien la encabezó en tres ocasiones. A su vez, el poeta Aristóteles España fue adepto al socialismo y llegó a ser dirigente regional en Magallanes. Durante la dictadura se transformó en el vate de la prisión de Isla Dawson y en esa condición denunció sus horrores con versos como este “anoche al acostarme/ escuché ladridos/ en algún lugar del campamento/ y no eran perros/.


La lista podría continuar y a mi mente vienen nombres como los directores del conjunto musical Napalé: Rodrigo Pérez y Ernesto Pérez o el caso del director musical Jorge Peña Hen, que su condición de socialista fue la razón que esgrimió la dictadura del pinochetismo lo sentenciara a muerte. El poeta Manuel Silva Acevedo, Premio Nacional de Literatura mantuvo militancia socialista en la UP mientras que Óscar Hahn, otro Premio Nacional de Literatura sin haber sido militante, ha expresado que en la universidad la parecieron muy atractivas las ideas del socialismo.


Más recientemente, está el caso de Alejandro Goic, un actor tiene en su currículum haber participado casi todas las películas nacionales más premiadas, ni más, ni menos. Goic fue tuvo temprana militancia socialista, fue dirigente estudiantil y según el historiador Cristián Pérez en su último libro “La vida con otro nombre” tuvo un rol en la supervivencia del PS durante la dictadura.


No por nada las organizaciones políticas apelan a las y los artistas en cada campaña. Hay en ellos otro sentir que ayuda a aligerar las torpezas y las rigideces de la política partidista. Probablemente no hay nada más desgastante y a ratos inútil que una campaña electoral y, allí están los artistas en la primera línea –muchas veces trabajando gratuitamente– dándole color y sentido a la promoción partidaria.


En lo personal, me quedan más dudas que respuestas concretas. No creo que puedan extraerse grandes hipótesis a partir de enlazar las trayectorias de estos artistas. Pero sin lugar a dudas pienso que el carácter no dogmático del PS por un lado y su composición pluriclasista por otro, pudieron ser grandes incentivos para que fuera un nicho atractivo. Pienso que el PS fue grande porque fue llamativo no sólo para intelectuales como Enzo Faletto o Julieta Kirkwood, ni sólo para grandes animales políticos como Salvador Allende, Carlos Altamirano, Clodomiro Almeyda, Aniceto Rodríguez o Raúl Ampuero sino que también a los artistas de la palabra, el canto, la actuación y la pintura.


Por otro lado, si la Unidad Popular pudo desarrollar amplias políticas culturales como la Quimantú, probablemente dichas iniciativas no nacieron de la genialidad de cierto político. Más probablemente emanaron del consejo y la astucia del “mundo de la cultura” que participaba en la militancia socialista o comunista.


Si algún día el PS u otra organización que asuma a plenitud los valores del socialismo chileno decide levantar una editorial como la antigua Prensa Latinoamericana sería valioso que pudiese contribuir en que vuelvan a circular a precios módicos las obras de estos militantes. Todos ellos, cuál más, cuál menos conspiraron y le quitaron algo de tiempo a su quehacer para destinarlo a desarrollar la militancia socialista.


En tiempos en que el socialismo chileno camina hacia una refundación parece necesario rescatar esta historia. El socialismo chileno fue el responsable principal de que este país tuviese al gobierno más osado y corajudo en términos de otorgar la mayor suma de derechos posibles a su ciudadanía. Para lograr ello, antes tuvo que ser una sensibilidad que convocara también a los más sensibles de su tiempo.

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