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¿Debe Chile reintegrarse a la Unasur? por Boris Yopo

Qué duda cabe, los próximos años serán tiempos turbulentos en el mundo y en nuestro hemisferio, y se necesitan acciones concertadas para enfrentar lo que viene, y para tener una voz que sea escuchada en el mundo. En este sentido la Unasur puede volver a ser un instrumento útil y eficaz en nuestra diplomacia regional. Por eso la voluntad que ahora muestren los presidentes de turno es clave para reimpulsarla, pero su sustento en el tiempo vendrá de un reconocimiento más transversal sobre la necesidad de contar con un organismo que sea flexible, eficaz, y con una agenda acotada que responda a las necesidades más urgentes y prioritarias de nuestros países.


Hace pocos días, Argentina y Brasil anunciaron su retorno a la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur). Y el nuevo gobierno de Lula –según el diario O Globo– estaría preparando una Cumbre de Jefes de Estado hacia fines de mayo para discutir lo que será la “nueva” Unasur, en el actual escenario regional y mundial. Se trata de una iniciativa de la mayor significación, pues, por una parte, la concertación política e integración regional se han debilitado en la última década, mientras que hoy la región enfrenta problemas de alcance global, que no podrán ser abordados efectivamente de manera aislada, aun por aquellos países que, por su peso específico, han tenido siempre una mayor gravitación en los asuntos mundiales.


Hoy América Latina –y sobre todo Sudamérica– comienza a vivir un nuevo ciclo político y global, marcado por el ascenso de diversos gobiernos progresistas y de izquierda en la región, y por un nuevo contexto geopolítico mundial que se caracteriza por una creciente rivalidad entre China y Estados Unidos, la guerra en Ucrania, el auge de diversos autoritarismos, y una marcada desaceleración económica que está impactando de manera generalizada a todos los países, sumado esto a problemas de alcance global, como el auge de una inmigración fuera de control o la expansión del crimen organizado y las redes de narcotráfico, frente a los cuales ningún país se encuentra inmune hoy.


Y los efectos políticos de todo esto ya se hacen sentir: un preocupante debilitamiento del Estado y de sus capacidades para responder a los desafíos de la seguridad pública, crecientes protestas en las calles, la pérdida prematura en la adhesión a muchos gobiernos y, sobre todo, presión sobre los sistemas democráticos por fuerzas populistas autoritarias que aprovechan este escenario para avanzar en sus objetivos antidemocráticos. Por eso es importante tener organizaciones regionales que funcionen de manera eficaz, y que contribuyan a un manejo concertado de los grandes desafíos que ya experimenta nuestra región, y que tenderán a agravarse en los próximos años. Y contrariamente a lo que sostienen sus críticos, la Unasur estaba cumpliendo un rol de concertación de políticas interesante en diversos ámbitos, aunque hay aspectos que deben replantearse y ser mejorados en esta nueva etapa que comienza.


En esa primera fase, la Unasur jugó un papel importante, por ejemplo, en defensa de la democracia y en contribuir a desactivar acciones golpistas, facilitó un diálogo regular y fluido entre presidentes, creó un conjunto de Consejos para incentivar una cooperación real en distintas áreas entre países, y había iniciado un diálogo político con entidades extrarregionales, alzándose como una voz unificada de Sudamérica en el mundo. Ahora, por cierto que en una nueva fase, la Unasur requeriría ciertas correcciones, como, por ejemplo, reemplazar la regla de la unanimidad por una de quórum mayoritario, que es algo que contribuiría a evitar los vetos y parálisis que afectan a muchos de estos organismos de concertación e integración.


También será importante que incorpore las nuevas temáticas de la agenda regional, como el cambio climático, protección de los océanos, combate al crimen organizado, promoción de los derechos humanos, el problema de la inmigración irregular, junto a temas que ya venían de antes, pero que siguen siendo claves, como la cooperación en los campos de la salud, defensa e infraestructura regional. Y reafirmar una estructura flexible, evitando una excesiva burocratización que muchas veces lo único que hace es dificultar el desarrollo de acciones eficaces para enfrentar los problemas más acuciantes que afronta la región. Esto implicará, también, focalizarse en 4-5 temas prioritarios donde pueda haber una concertación real de políticas, más que una agenda recargada con declaraciones simbólicas, pero que impliquen un escaso avance.


Y asegurar, por otra parte, que la diversidad ideológica no sea un obstáculo para la labor a desarrollar, de manera que cuando haya cambios en la orientación de los gobiernos, ello no afecte la continuidad en la participación de los países. Esto es esencial, para no repetir la experiencia del pasado, donde la labor y existencia de los organismos ha dependido de los gobiernos de turno que predominan en una cierta coyuntura. Coyuntura que cambia con regularidad además, porque hoy en América Latina las elecciones las están ganando con frecuencia las oposiciones, independientemente del signo que tengan.


Pero, qué duda cabe, los próximos años serán tiempos turbulentos en el mundo y en nuestro hemisferio, y se necesitan acciones concertadas para enfrentar lo que viene, y para tener una voz que sea escuchada en el mundo. En este sentido la Unasur puede volver a ser un instrumento útil y eficaz en nuestra diplomacia regional. Por eso la voluntad que ahora muestren los presidentes de turno es clave para reimpulsarla, pero su sustento en el tiempo vendrá de un reconocimiento más transversal sobre la necesidad de contar con un organismo que sea flexible, eficaz, y con una agenda acotada que responda a las necesidades más urgentes y prioritarias de nuestros países.


Y ya hay todo un recorrido de aprendizaje, ahora es cosa de implementar, sobre la base de ese aprendizaje, una nueva Unasur para este ciclo regional que recién comienza. Y bajo estos parámetros, Chile sí debería volver a adherir, lo cual reafirmaría también nuestra larga tradición de promover la cooperación sudamericana y latinoamericana como mecanismo preferente para enfrentar los desafíos que trae cada momento histórico, y donde hoy más que nunca, andar solos por el mundo, es algo no solo ineficaz sino ilusorio.

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