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¿Derrota táctica o derrota estratégica? por Álvaro Ramis

La propuesta constitucional rechazada el 4 de septiembre será, para quienes la aprobamos, la mejor Constitución que nunca tendremos. Es necesario vivir el justo duelo por ese texto, en particular por muchos de los criterios y derechos cuidadosamente precisados y definidos en su redacción. La nueva Constitución tenderá a ser mucho más genérica y obligará a que un proceso legislativo posterior sea el que defina lo que en ella no quede plasmado. Pero todo lo que la Convención propuso como texto constitucional es necesario conservarlo y aquilatarlo como programa de transformaciones en un horizonte político que permanece abierto a una discusión particular de cada una de sus propuestas. Es necesario asumir, como afirmó el Presidente Gabriel Boric ante Naciones Unidas, que “representar el malestar es mucho más sencillo que producir las soluciones”. Allí es necesario concentrar los esfuerzos y las energías en el próximo período.


La propuesta constitucional sometida a plebiscito el 4 de septiembre pasado no concitó la confianza necesaria para su aprobación. Podremos diferir en las causas y razones que explican este resultado, pero el veredicto democrático es inequívoco. Sobró miedo, faltó claridad, se necesitó reducir incertidumbre. Por ahora lo más importante es evaluar este proceso y ponderar sus consecuencias.


Sería simple reducir todo esto a una derrota de la Convención Constitucional junto al Gobierno y las fuerzas políticas que apoyaron el Apruebo. Esa es una respuesta fácil, pero en perspectiva histórica esta es una derrota del conjunto del país, ya que la crisis constitucional que nos ha llevado a este punto tan grave en nuestra convivencia nacional sigue abierta y pendiente de resolución.


Chile arrastra esta crisis por mucho tiempo, aunque se podría ubicar en la última década el período en el que se ha agudizado la deslegitimación del sistema político producto de su progresiva disfuncionalidad, lo que ha llevado a su incapacidad de dar respuesta a las demandas sociales más sentidas de la ciudadanía. Durante el Gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet se ensayó un primer intento serio de cambio que concluyó sin resultados, producto de la discontinuidad que dio el Gobierno de Sebastián Piñera al proceso constituyente que ya había comenzado. A la distancia se puede constatar que en ese camino quedó plasmado un objetivo que ha concitado acuerdo transversal y consistente: lograr una nueva Constitución para Chile, redactada en democracia, que permita dar eficacia y legitimidad al sistema político institucional, y a la vez garantice de forma eficiente los derechos fundamentales de las personas.


Si ese es el objetivo que el país necesita alcanzar, el 4 de septiembre es solamente una derrota táctica en orden a conseguir esa meta. La búsqueda de una nueva Constitución, construida en condiciones democráticas, que genere la confianza pública necesaria, sigue planteada y se deberán buscar todas las vías adecuadas para alcanzarlo.


Pero sería ingenuo pensar que todos los actores políticos concuerdan en esta mirada. Hay quienes creen que esta es una derrota estratégica del proceso de cambio constitucional y lo que buscan es la perpetuación del actual texto sobre la base de mecanismos de boicot que, por modalidad activa o pasiva, impidan su renovación. Además, algunos actores que se comprometieron a realizar el cambio constitucional no parecen dispuestos a que este proceso sea expresión de la libre deliberación pública y apuestan a tutelarlo mediante el subterfugio de una mano “experta”, que perfectamente podría encubrir los intereses de lobbies o de determinados incumbentes.


Si el proceso constitucional fracasa de forma definitiva es previsible que se incremente la disfuncionalidad de las relaciones políticas. Con un proceso legislativo bloqueado y una creciente tensión social no resuelta, el pronóstico es propicio a las soluciones de fuerza, ya sea de carácter autoritario o producto de la anomia de una sociedad debilitada en sus mecanismos de cohesión.


Podemos convertir el 4 de septiembre en una derrota táctica, que permita identificar puntos pendientes y necesarios para una respuesta constitucional cualitativamente superior, o hacer de ella un momento de derrota estratégica que impida al país generar las transformaciones que debe abordar imperiosamente.


La propuesta constitucional rechazada el 4 de septiembre será, para quienes la aprobamos, la mejor Constitución que nunca tendremos. Es necesario vivir el justo duelo por ese texto, en particular por muchos de los criterios y derechos cuidadosamente precisados y definidos en su redacción. La nueva Constitución tenderá a ser mucho más genérica y obligará a que un proceso legislativo posterior sea el que defina lo que en ella no quede plasmado. Pero todo lo que la Convención propuso como texto constitucional es necesario conservarlo y aquilatarlo como programa de transformaciones en un horizonte político que permanece abierto a una discusión particular de cada una de sus propuestas. Es necesario asumir, como afirmó el Presidente Gabriel Boric ante Naciones Unidas, que “representar el malestar es mucho más sencillo que producir las soluciones”. Allí es necesario concentrar los esfuerzos y las energías en el próximo período.

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