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El rol de la educación en tiempos de revuelta y de pandemia por Mario Bugueño

Al principio no sabíamos que se trataba de un muchacho de 16 años, eso recién lo supimos cuando rescatistas lograron llegar al lecho del Río Mapocho e iniciar la atención de urgencia. Comenzamos a escuchar a quienes corrían diciendo que estaban arrojando a los “cabros” por el puente, era una estampida llena de horror e incredulidad.

Otros corrieron a percatarse de los hechos y vieron que el cuerpo de una persona yacía inconsciente, mientras un grupo de rescatistas bajaban para atenderlo. También se observaba a un grupo de carabineros escapando de la escena, huyendo para sortear la flagrancia y la mirada de ese pueblo que ellos juraron proteger.


Por ese puente no solo cayo un joven. Detrás de ese vértigo infame, hay una “escuela”, construida para “formar” personas que ven en estas acciones una conducta correcta y digna de elogio.


En las distintas escuelas y liceos se hacen denodados esfuerzos por promover formas de relación que promuevan los valores que nos dignifican como seres humanos. Uno de estos valores, sin duda el más mencionado, es el respeto. El respeto por el otro, la capacidad de reconocer al otro en su semejanza o diferencia. El respeto para escuchar y generar los espacios para que las opiniones fluyan y permitan que se construya el encuentro.


El respeto de la autoridad hacia los estudiantes y a la inversa, tiene sus principales bases en lo formativo y no en el imperio, en la protección y no en la agresión, en la participación y no en el autoritarismo.


Pero, ¿cómo podemos formar a los ciudadanos del futuro, si nuestra sociedad ampara y protege a organizaciones que se forman para combatir a las personas que se expresan?. Organizaciones que van a perseguir a aquellos que precisamente estamos formando para que desplieguen sus propuestas y ejerzan la reflexión crítica.


Peor aún, ¿Qué sociedad permite que se capacite a sus funcionarios públicos en el delito y el cinismo?, ¿Qué sociedad puede crecer en libertad si no protege a sus niños, niñas y jóvenes? ¿Cómo es posible que la policía escape del sitio del delito y luego declame frases llenas de mentiras descaradas? ¿Quiénes son aquellos que se visten de profesores y dictan estas enseñanzas del horror y que instalan el dolo en el centro de una institución de justicia?.

Cuando este joven, de la población San Miguel en Bajos de Mena, de la “ciudad” de Puente Alto caía, producto del acto de un agente del Estado, también caían, una vez más, cientos de jóvenes que han sido excluidos por décadas, a los que se les ha negado una vida digna, basada en la equidad y el respeto.


La educación, todos sus estamentos y actores, no pueden abstraerse de estos fenómenos y existe la necesidad de abrir los espacios de reflexión y deliberación que impidan que se instale la injusticia y prevalezca el cinismo.


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