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En defensa de las caletas con perspectiva de género. Por Álvaro Ramis Olivos

Si la izquierda cede cobardemente ante la burla y el chantaje de quienes se sienten “ofendidos” al momento de hablar abiertamente de machismo, de racismo o de homofobia, se convertirá en un sector políticamente estéril y éticamente irrelevante.



Convengamos en que sonó extraño. Casi a provocación. Cuando el Presidente Gabriel Boric se refirió a la habilitación de 12 caletas pesqueras con perspectiva de género a lo largo del país, surgieron burlas, tanto entre los periodistas presentes en su anuncio y más aún en las redes sociales.


Es verdad que la expresión puede ser asociada a un cliché woke. Pero si se resume lo que el Gobierno está desarrollando, no debería ser objeto de controversia alguna, ya que es una medida básica de dignidad laboral. Según el Servicio Nacional de Pesca (Sernapesca), unas 33 mil mujeres trabajan en el ámbito pesquero, en ambientes que en general no cuentan con la más mínima infraestructura adecuada para ellas, especialmente en el campo de la pesca artesanal.


Si el anuncio del Presidente se hubiera limitado a describir secamente esta medida, seguramente no habría causado debate, pero tampoco habría llamado la atención. ¿Dónde radica la verdadera controversia? En el señalamiento explícito de que esa carencia de infraestructura posee una raíz en una inequidad más profunda, que tiene carácter de género. No es una casualidad o una ausencia inocente, que se puede superar con la inversión del Estado.


En la izquierda nos estamos acostumbrando a tener vergüenza de hacer estas simples afirmaciones. La derecha radical está logrando que los actos políticos que asumen fuerza discursiva y performativa se empiecen a ver como inapropiados, academicistas, soberbios, excluyentes. Pero no nos damos cuenta de que replegarse en este ámbito implica olvidar el gran mensaje de Antonio Gramsci: “La realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad”.


Ello no da licencia para usar en vano y despreocupadamente los conceptos. Al contrario. Se trata de dar profundidad, oportunidad y sentido emancipador a todas las acciones que se realizan desde la gestión política. Significa que, en la construcción de obras públicas, en las medidas de seguridad ciudadana, en la habilitación de espacios sanitarios o laborales, también hay que avanzar en la generación de conciencia de la desigualdad y otras formas de injusticia social, sobre todo aquellas asociadas al racismo, la discriminación por razones de género y orientación sexual y tantas otras formas de dominación que es necesario transformar, si queremos desarrollar una política de izquierda digna de ese nombre.


Se ha extendido una crítica nefasta, que en síntesis señala que lo que se buscaría atender con estas palabras es navegar en lo “políticamente correcto”, que se estaría acogiendo una sensibilidad difusa de las nuevas generaciones, pero sin una estrategia política seria. Se señala que todas estas políticas responden a problemas de identidades minoritarias, sin una definición exacta y, por tanto, segregadoras de la acción estatal que debe propender a la formalidad jurídica y la neutralidad liberal. De esa crítica se pasa rápidamente a parodiar con la “la tiranía de lo woke” y otras formas de caricaturizar estos señalamientos específicos.

Lo que olvidan estos críticos es que esas “minorías” son en su conjunto la inmensa mayoría, que lo que hoy es “políticamente correcto” fue por mucho tiempo penado con cárcel, tal como lo vivieron las mujeres sufragistas y los homosexuales encarcelados por el delito de sodomía. Y cualquier intento de reivindicar la condición indígena en el espacio político fue sinónimo de barbarie y resistencia al proceso de la civilización.


Lo que temen quienes se ríen de las caletas con perspectiva de género es que se evidencien las costuras con las que se ha tejido nuestro ropaje social, que sea visible el derecho y el revés del vestido, la trama y los hilos, lo abierto y lo cosido, lo que se ve del lado de atrás y del lado de afuera de un traje que ha sido hecho a la medida de muy pocos.

Cuando eso ocurre, no solo se molestan los ricos y poderosos. Muchas veces se molestan otros, entre los que me incluyo, que también tenemos lugares de privilegio relativo y subalterno en una vasta red de jerarquías y preeminencias. Trabajar en esa trama de relaciones exige prudencia para no ofender injustamente, pero en ningún caso puede significar ocultar esta obviedad.


La derecha más rancia busca inhibir este proceso de sinceramiento político porque sabe que toca fibras básicas de su urdiembre. Por eso ha construido la etiqueta de la “política de la identidad” con la que señala a un enemigo imaginario, al que viste de contrabando con sus propias ideas. Esa fue la forma en la que denigraron la Convención Constitucional, que terminó prácticamente pidiendo disculpas por señalar las injusticias más simples y cotidianas que debería reconocer cualquier observador ecuánime e imparcial.


Si la izquierda cede cobardemente ante la burla y el chantaje de quienes se sienten “ofendidos” al momento de hablar abiertamente de machismo, de racismo o de homofobia, se convertirá en un sector políticamente estéril y éticamente irrelevante.

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