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¿Está obsoleta la izquierda?

Por Gonzalo Martner.



¿Está obsoleta la izquierda? La derecha en todo caso no lo está...


Cada vez con mayor frecuencia uno se encuentra en el azar de las lecturas cotidianas con la afirmación de que la izquierda de hoy estaría obsoleta por haberse quedado pegada en el siglo XX. Esto lo afirman casi obsesivamente desde Girardi a Vergara, desde Landerretche (h) a Carlos Ruiz. Pero sigo sin encontrar algo que se parezca a un argumento para sostener semejante afirmación. Y lo asimilo más bien al estilo que crece tanto en nuestra época, el de la descalificación gratuita del otro como modo de relacionarse con la esfera pública y el debate intelectual. Y lo vinculo con aquello, tan antiguo que nos viene al menos desde los griegos, de que "los demás no entienden lo que pasa, yo con mi sapiencia se los voy a explicar", como si los demás no pensaran ni deliberaran y fueran unos necios porque tienen otras ideas y centros de interés que las propias. Lo cual no supone no tener y defender con firmeza las opiniones que se tenga, pero reconociendo que son tales y no verdades reveladas o protegidas por el manto de alguna seudociencia. O bien realizar afirmaciones, más allá de las simples opiniones, pero con la disponibilidad de someterlas al rasero de algún grado de demostración lógica y/o de contrastación empírica sistemática. Solo así podremos pedir que sean aceptadas por los demás, aunque siempre temporalmente hasta demostración de lo contrario, como diría Popper, en algún proceso de intercambio de alguna comunidad deliberativa. Internet y las redes sociales han acelerado y multiplicado muchas cosas, pero no cambiado su naturaleza. Tomemos como ejemplo las "fake news". ¿Alguien piensa seriamente que nacieron con las redes sociales? Lo siento, pero la mentira, la tergiversación y su manipulación por esferas de poder son "más antiguas que el pan".


Evidentemente el mundo ha cambiado aceleradamente desde la revolución industrial, así como lo han hecho la configuración del capitalismo global y las estructuras productivas desde fines del siglo XX. Pero las estructuras sociales y los sistemas de centro y periferia a escala mundial mantienen muchos de sus rasgos esenciales.


Si la izquierda nace de la realidad post feudal y colonial para reivindicar derechos de los trabajadores asalariados y precarios, ya no sujetos a la tierra como en los modos de producción anteriores, entonces el aumento primero y la disminución posterior de los trabajadores industriales en faenas repetitivas concentradas y sin calificación, han cambiado el mundo de los que tienen que trabajar para (sobre)vivir y que la izquierda se propone representar. Pero la causa esencial que dio nacimiento a la izquierda permanece: la sociedad se divide entre una clase que se apropia del excedente económico en desmedro de los asalariados, de los pequeños productores independientes o del "precariado", como diría Standing, todos sectores de la sociedad que (sobre)viven de su trabajo. Y no hay nada más actual que la voluntad de la izquierda de procurar su (auto)organización y la construcción de representaciones políticas con poder suficiente como para obtener un control al menos parcial (socialdemocracia y sus variantes) o sistémico (socialismo revolucionario o transformador y sus variantes) de ese excedente. Esos clivajes, como dice una cierta ciencia política actual (yo las llamo oposiciones fundamentales), ¿han desaparecido?


Nada me parecería una mejor noticia, pero ahí están la discusión sobre el salario mínimo y las pensiones (que no es otra cosa que un salario diferido) como la causa principal de las movilizaciones de estos días en Chile, por ejemplo. La lucha por el control del excedente económico sigue más presente que nunca, y personalmente me suena que los que consideran este tema como algo obsoleto -¿no han visto las cifras de concentración económica?- más bien han tomado partido por los dueños del capital en esa pugna, ya sea por convicción o prestación de servicios voluntaria o involuntaria, o bien no les interesa prudentemente intervenir en ella (recomiendo al respecto vivamente la lectura de Capital e Ideología, el nuevo y grueso libro de Thomas Piketty).


Pero al menos podrían ahorrarse sus ataques a la izquierda, que sigue definiéndose alrededor de algo que no ha desaparecido para nada: el conflicto de intereses entre trabajo y capital. Además ese conflicto, y por las mismas razones, se ha extendido al conflicto capital-naturaleza, pues el primero se basa en depredar a la segunda hasta el punto de poner en cuestión la propia sobrevida del planeta. Y ese conflicto siempre incluyó, aunque no fuera reivindicado con la fuerza suficiente hasta el presente, la subordinación de las mujeres en un rol de reproducción doméstica para que los asalariados hombres estuvieran disponibles como fuerza de trabajo. Hay ahora más razones para ser de izquierda, es decir para la emancipación de las sociedades del dominio del capital: la causa ecológica y la causa feminista.


Lo mismo puede decirse de la relación entre centros y periferias. La ruptura del monopolio de los centros de poder político y económico europeo occidental y estadounidense que dominaron los siglos XIX y XX es evidente. La emergencia de China e India en el escenario de hegemonía económica y tecnológica ha puesto en cuestión este monopolio desde alrededor de los años ochenta del siglo pasado (recuperando su rol previo a 1800, dicho sea de paso). Pero en la escena mundial ¡siguen habiendo centros y periferias! Adivinen quienes tienen más poder, por cierto, si acaso los centros o las periferias en el mundo de hoy.


¿Existe entonces algo sustancialmente nuevo para América Latina y Chile en su búsqueda necesaria de una inserción más favorable en las cadenas internacionales de valor, en las que tiene un rol subordinado desde el 1500? Me parece que no. Y si algunos piensan que la globalización es un destino inevitable, acepten que otros pensemos que lo inevitable son las pugnas por los roles de los distintos actores en los sistemas centro-periferia y defendamos royalties para captar la renta, políticas industriales, diversificaciones, autonomías, cooperaciones no tradicionales y otras yerbas para hacer de los nuestros países que no estén a los vaivenes del capitalismo financiero globalizado y sus crisis recurrentes.


Si la izquierda es aquella que se define a favor de los intereses del trabajo -por mucho que este sea hoy más heterogéneo y diverso que en el pasado y no se concentre en grandes fábricas- y no del capital en la pugna distributiva inherente al capitalismo, y es aquella que se declara favorable a los intereses de las periferias dominadas y no de los centros dominantes, entonces no está obsoleta, lo siento. Ni menos aferrada al siglo XX, sino a las luchas actuales por la emancipación de las sociedades humanas.

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