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La extrema derecha está aquí para quedarse: Chile no es la excepción a este peligro por Mladen Yopo

Hace unas semanas se celebró la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) en México. La CPAC es un foro internacional que reúne a líderes y asociaciones de ultraderecha de todo el mundo. Se fundó en los 70 para combatir la posible expansión del comunismo en el mundo y, actualmente, sigue operando bajo esa lógica, pese a que la Guerra Fría terminó hace rato. En esa reunión participaron Eduardo Bolsonaro, hijo de Jair Bolsonaro; Ramfis Domínguez Trujillo, nieto del dictador de República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo; Steve Bannon, asesor de Donald Trump y difusor de todo tipo de teorías conspirativas; Ted Cruz, senador del Partido Republicano estadounidense; Santiago Abascal, líder del partido Vox y heredero del franquismo en España; José Antonio Kast, fundador del Partido Republicano chileno, etc. El fundador de la asociación Viva México, Eduardo Verástegui, quien fue el anfitrión del evento, declaró: “Nosotros somos la verdadera derecha. Y aunque hay quienes dicen que también lo son, en realidad son lobos disfrazados de ovejas".



La extrema derecha está aquí, está “blanqueada” y ha venido para quedarse. La enorme votación que obtuvieron líderes misóginos, negacionistas, antiderechos civiles, antiinstituciones democráticas, como Jair Bolsonaro en el balotaje en Brasil con más de 58 millones de votos (49,16%) o Donald Trump el 2020 con más de 74 millones de votos en una elección que aún reclama como “robada”; el primer lugar de José Antonio Kast en la primera vuelta de las elecciones en Chile el 2021, con un 28% de los votos; el triunfo en las elecciones presidenciales italianas de una coalición de extrema derecha encabezada por una lideresa “posfascista” (Giorgia Meloni afirmaba admirar a Mussolini en su juventud, “todo lo que hizo, lo hizo por su país”); e incluso en sociedades igualitarias como Suecia, con gran avance de fuerzas de extrema derecha como los Demócratas de Suecia, son botones de muestra del avance de estos sectores radicales de derecha a nivel mundial.


Hace unas semanas se celebró la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) en México. La CPAC es un foro internacional que reúne a líderes y asociaciones de ultraderecha de todo el mundo. Se fundó en los 70 para combatir la posible expansión del comunismo en el mundo y, actualmente, sigue operando bajo esa lógica, pese a que la Guerra Fría terminó hace rato. En esa reunión participaron Eduardo Bolsonaro, hijo del Jair Bolsonaro; Ramfis Domínguez Trujillo, nieto del dictador de República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo; Steve Bannon, asesor de Donald Trump y difusor de todo tipo de teorías conspirativas; Ted Cruz, senador del Partido Republicano estadounidense; Santiago Abascal, líder del partido Vox y heredero del franquismo en España; José Antonio Kast, fundador del Partido Republicano chileno, etc.


El fundador de la asociación Viva México, Eduardo Verástegui, quien fue el anfitrión del evento, declaró: “Nosotros somos la verdadera derecha. Y aunque hay quienes dicen que también lo son, en realidad son lobos disfrazados de ovejas. Los conservadores somos la verdadera derecha, y nunca vamos a negociar con quienes no defiendan a la familia y la vida antes de la concepción. (…) De nosotros, para allá, todo está a la izquierda” (Expansión Política, 23/11/2022).


Este este encuentro del CPAC hubo tres hilos conductores: 1) la idea de que una ola de gobiernos socialistas inunda el continente americano y es necesario que la derecha se una para frenarla (el comunismo ha encontrado una vía para capturar a las instituciones democráticas y hacerse del poder); 2) una férrea defensa de la vida desde la concepción, la familia tradicional y los valores del cristianismo (su libertad religiosa está bajo asedio); y 3) el convencimiento de que la mayoría de partidos de derecha son blandengues y no representan al conservadurismo, por lo que es necesario endurecerlos.


En suma, los integrantes de la CPAC coinciden en que estamos frente a una crisis moral, política y social: en una palabra, civilizatoria. Y para ello, y como lo expone Talía Llanos para el caso de Chile, están usando la “estrategia enjambre”: múltiples flancos, distintos actores, un solo objetivo. Desde la ola de censuras a autoridades gubernamentales (hoy está en la mira el ministro Jackson) y de diversas comisiones en el Congreso hasta la sentida carta de la UDI enviada a la Sociedad Interamericana de Prensa, la oposición de derecha y sus cómplices populistas busca debilitar al Ejecutivo en distintos frentes (El Desconcierto, 05/12/2022).


Steven Forti, doctor en historia, investigador de la Universidad NOVA de Lisboa y de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), y un estudioso del fenómeno de la ultraderecha, en su libro Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla, expresa que este es un fenómeno que viene “normalizándose desde los años 80…y ya es un actor normalizado, ya está legitimado y, efectivamente, lleva gobernando en algunos países desde hace años o han llegado al gobierno y luego lo han perdido… Jörg Haider llegó al poder en Austria por primera vez en coalición a finales de la década de los 90 tras las elecciones del 1999; la Liga Norte y Alianza Nacional en Italia, este último es el antecesor de Hermanos de Italia, de alguna forma gobernaron Italia en 3 ocasiones desde el 1994; Viktor Orbán está gobernando (Hungría) con su giro autoritario ininterrumpidamente desde 2010” (Jacobin, 22/09/2022).


Este ascenso de la extrema derecha con sus liderazgos autócratas, como los denomina Kenneth Roth, se está repitiendo en varias partes, incluso en países como Finlandia, un Estado de bienestar, con la formación ultraderechista de los Verdaderos Finlandeses, que obtuvieron el 17,7% de los votos y quedaron a décimas de ganarles las elecciones a los socialdemócratas en el 2021; o en Grecia, Amanecer Dorado, que es la tercera formación con más peso parlamentario, por ejemplo. Incluso en Rusia existe una "ultraderecha", que comprende fundamentalistas ortodoxos y varios matices de nacionalistas.


La profundización de las desigualdades económicas causadas por la globalización neoliberal que redujo la llamada clase media y aumentó la pobreza entre la clase trabajadora, en parte explica el giro de los electores hacia la ultraderecha. Pero no todo puede explicarse desde la desigualdad económica porque, por ejemplo, algunas ideas y valores sostenidos por partidos ultraderechistas tienen poco que ver con la economía y son más bien valórico-culturales; si bien aprovecha los dilemas sociales y económicos, es antes que nada una reacción cultural. Aquí entran en escena fenómenos diversos como las migraciones, la expansión del multiculturalismo, la expansión de la lucha feminista y por los derechos del colectivo LGBTQ+, entre otros.


El argentino Javier Milei, por ejemplo, en su cruzada antiderechos, se manifestó en contra de la Educación Sexual Integral y aseguró que, si llegara a ser presidente, la eliminaría porque “es un mecanismo por el cual se le deforma la cabeza a la gente” y que “se utiliza para adoctrinamiento”; que eliminaría el Ministerio de las Mujeres y el Instituto Nacional contra la Discriminación, porque “son mecanismos para la persecución de los que piensan distinto”; y dijo que “la ideología de género, los pueblos originarios, la ecología y el lenguaje inclusivo destruyen los valores de la sociedad” (Página12, 25/10/2022).


Crisis de la democracia liberal

Forti, sin embargo, dice que no podemos dejar de lado la crisis que está viviendo la democracia liberal desde hace unas cuantas décadas para entender este fenómeno. Una crisis de la que se viene hablando desde hace varios años y que ha ido empeorando. Hoy, hay una clara separación entre el Demos y el Kratos, entre el pueblo y el gobierno (léase instituciones). La desconfianza de la ciudadanía en todas las estructuras institucionales de la democracia liberal está disparada planetariamente. A mediados de 2022 en Chile, por ejemplo, el Centro de Estudios Públicos (CEP) dio los resultados de su encuesta nacional (abril y mayo), donde los partidos políticos llegaron solo al 4% en confianza ciudadana (en Criteria de noviembre de 2022 solo un 28% cree que son indispensables); el Senado y la Cámara de Diputadas y Diputados llega al 10% (Cadem les da 17% en diciembre de 2022), seguidos por el Ministerio Público y los Tribunales de Justicia con 15% (Cadem les da 22% en el mismo período), y el Gobierno con el 22% (en Criteria el Presidente Boric llega a un 30%). En Europa, Estados Unidos y muchos países Latinoamericanos, es difícil encontrar más de un 20 o 30% de valoración de estas instituciones. Puntos más o menos, igual están muy por debajo del 50%.


Este problema es muy profundo, pero también permite preguntarnos cómo podemos haber aguantado hasta ahora una disociación tan grande entre las promesas/fundamentos (del pacto social) y la realidad. Precisamente, las protestas sociales a lo largo del globo son signos de esta pérdida cabal de consenso social con la privatización de la agenda, realidad ampliamente aprovechada por la ultraderecha y su populismo, aunque al final no solucionarán nada. Sin embargo, ante esta aguda crisis de la democracia liberal, buena parte de nuestros sistemas políticos (liderazgos y partidos) siguen funcionando de forma clásica en su olimpo privado en función de una supuesta gobernabilidad (“en la medida de lo posible”), transando y/o hipotecando promesas y alejando a los propios con las pautas que les pone una derecha secuestrada por la ultraderecha y que conduce rápidamente a una involución democrática (por ejemplo, más militarización de la sociedad a partir de una extrema securitización).


La función de un partido político antes era hacer funcionar de manera sana la democracia, conectando, como una correa de transmisión/medio, los territorios, frentes de masas, la ciudadanía y las instituciones; es decir, canalizando las demandas, las reivindicaciones, las frustraciones y la creatividad de la población a través de los canales democráticos. Evidentemente eso ya no funciona y no es una novedad para nadie.


Resulta patética y muy preocupante, por ejemplo, la imagen de los partidos y parlamentarios en las tratativas para resolver los mecanismos para formular una nueva Constitución acá en Chile (dos entes muy deslegitimados donde predomina una dinámica personalista e identitaria), no solo por el show mediático que dan, deslegitimando el proceso mismo para hacerlo morir (los republicanos no quieren cambiar nada y otros quieres un gatopardismo), sino porque vuelven a robar parte de la soberanía a la gente con aspiraciones elitarias/excluyentes de los famosos expertos (en el proceso rechazado también hubo muchos expertos).


Yasna Lewin escribía (Interferencia, 27/11/2022) que entre las conclusiones del informe Mecanismos de Cambio Constitucional en el Mundo, del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), se decía que “a medida que se consolidan los regímenes efectivamente democráticos, aumenta la probabilidad de que el cambio constitucional se produzca a través de una asamblea constituyente. En cambio, a medida que la democracia se restringe, aumenta la probabilidad de que el proceso… sea a través de una comisión de expertos”.


Los liderazgos políticos siguen hablando en nombre de la gente, pensando en sus personas y partidos como representantes de la sociedad, anclados/insertos en la sociedad, pero ya (a excepción de movimientos sociales específicos) no son representantes legitimados en este mundo líquido y fragmentado. Más allá de que sigan en el poder, hoy los partidos políticos tienen muy pocos militantes y la mayoría no tienen despliegue territorial o en los frentes de masas u otras organizaciones. Al final tienen muy poca conexión con la gente. Y como buenos partidos electorales despojados de concepciones profundas transformadoras (antiguos partidos programáticos), particularmente los partidos progresistas que fueron protagonistas de la historia, no les importa mirar como objetivo final y fundamental las prebendas que les ofrecen los actos electorales. Incluso las nuevas formaciones políticas caen en este juego.


Precisamente, y por lo mismo, Carlos Ruiz (El Mostrador, 05/12/2022) alerta sobre la necesidad “de considerar en forma gravitante a los actores sociales y avanzar en la conformación de un sistema legítimo de procesamiento de los conflictos, muy necesario en una sociedad fracturada, a fin de avanzar en una institucionalización del malestar latente, capaz de evitar eso que llaman desborde de lo político, con los costos humanos que todos conocemos”.


Un nacionalismo trasnochado

Estamos en un mundo de incertidumbre, proceso que ha traído un conjunto de sensaciones, temores y miedos en la sociedad y que las extremas derechas han sabido interpretar y politizar eficientemente como el nosotros versus los otros; ese nacionalismo trasnochado (hoy lo llaman nativismo) que culpa de todo a los extranjeros y/o sigue viendo a los países vecinos (los otros) como enemigos. En su despedida del Parlamento Europeo en 1995 y antes de abandonar el Elíseo, el presidente François Mitterrand hizo un gran discurso que fue ampliamente ovacionado y cuya frase estrella fue que "el nacionalismo es la guerra", y el ataque de Rusia a Ucrania ha resucitado los demonios del ultranacionalismo no solo en el continente europeo sino en todo el mundo. En España, por ejemplo, hay partidos identitarios/excluyentes para todos los gustos: JxC, Vox, Esquerra, Bildu, etc.


Precisamente, y como lo expone Paula Rosas, el concepto de identidad nacional es el que marca la diferencia entre las derechas. Los partidos de derecha y de extrema derecha comparten una aproximación liberal de la economía (fundamentos y gestión económica) y no se diferencian demasiado en el devenir social. Donde sí empiezan a notarse diferencias es en el hecho de que la derecha radical es más conservadora en lo moral que la derecha convencional y, particularmente, en lo que se denomina nativismo.


La derecha tradicional acepta la llegada de inmigrantes, siempre y cuando lo hagan a través de una vía regular (y ojalá más blanquitos). Sin embargo, la extrema derecha "considera que las naciones son casas, en las que hay que poner muros (zanjas para nosotros), cerrar puertas". Para estos, las naciones tienen propietarios y herederos legítimos que son el grupo "nativo" frente a los individuos externos que son mirados con sospecha y solo pueden entrar como invitados.


Las extremas derechas (y los autócratas), esas depositarias del legado de los que se sentaron en el lado monárquico más extremo de la Asamblea Constituyente en los agitados días de la Revolución Francesa hace 230 años, han demostrado gran capacidad polisémica para producir sentido en audiencias desiguales (fragmentadas) haciendo abstracción de la historia, de la realidad, de una mínima objetividad. Así se presenta como rebelde y antisistema, recuperando la iniciativa e incluso, más allá de su capacidad electoral, imponiendo los modos y los encuadres sobre el cómo y qué se discute en la escena pública y la política. La predominancia de esta radicalidad de derecha se debe a que sus consignas tienen una mayor capacidad polisémica que, sin la historia como valor ordenador (supuestamente no tienen pasado), les permite interpelar y hacer sentido en múltiples y desiguales audiencias, al tiempo que los discursos transformadores (progresistas y democráticos) siguen ordenados alrededor de una red de significantes anteriores, tributarios de un modelo y de liderazgos altamente cuestionados.


Los populistas/autócratas dan precisamente prioridad absoluta al pueblo soberano a través de personificar la política en su figura e ideas (autocracia). Y para combatirlos, el resto de los actores políticos, aunque sigan apegados a la democracia liberal/representativa, también se proponen encarnar al pueblo a través de la llamada agenda pública impuesta por los medios. Es lo que Ilvo Diamanti y Marc Lazar llaman “Pueblocracia”.


Estos procesos de producción de sentido por parte de la derecha y la derecha extrema, están apoyados en medios de comunicación masivos y redes sociales (como dueños o patrocinadores), los que juegan un papel insoslayable en la conformación de demandas, de las instancias organizativas y de acción colectiva, en la reconfiguración de modos de representación política y la presencia de lógicas populistas que ponen en tensión un esquema de demandas universalizadas y de ruptura institucional. En esta contienda hegemónica, se produce una disociación entre el juicio y el pensamiento del que habla Hannah Arendt con los vicios que facilitan estos medios y las nuevas tecnologías de la información y comunicación (TICs), como las fake news reiterativas, la sobresaturación informativa y la infoxicación. Así se pierden o ganan elecciones.


Esta fuerza ascendente legitimada en los votos (aunque más de alguno de sus miembros está dispuesto a usar la fuerza al estilo Oath Keepers), ha hecho que la derecha tradicional (la histórica) incline cada vez más su cabeza, su mirada y gustos hacia esta postura radical dedicada a la abierta obstrucción de cualquier proyecto de reforma sustantivo (han hipotecado el diálogo de la transición). Así, las fuerzas conservadoras están empezado a copiar sus mensajes y se han desplazado peligrosamente hacia sus postulados (basta ver cómo el Partido Republicano de EE.UU. ha sido “secuestrado” por el trumpismo).


Esto lo expone muy bien Consuelo Campos para el caso de Chile, al expresar que “en la última década (por ejemplo) las estrategias de adaptación programática de la centroderecha chilena se caracterizaron por la paulatina moderación y convergencia con la centroizquierda, tendencia interrumpida en los últimos años, especialmente, desde la revuelta popular de octubre de 2019. Desde fuera de la coalición, la emergencia del Partido Republicano representa una actualización del pensamiento de derecha y una apuesta por la radicalidad en lo económico, lo social y la moral”, al imponer nuevos marcos ideológicos y simbólicos de una nueva derecha radical populista que renaturaliza temas desplazados/condenados en la transición, como la negación de la violación de los DD.HH.


Desde una ideología de derecha radical populista, Campos dice que “el Partido Republicano (de Chile) corresponde a una expresión partidaria de sectores radicales dispuestos a revertir los avances progresistas de la sociedad chilena (al igual que sus símiles del resto del mundo). Su propuesta está marcada por discursos autoritarios, promotores de un orden funcionalista centrado en la familia cristiana y valores neoconservadores, en contra de derechos identitarios, sexuales y reproductivos. Rechazan enérgicamente el proceso constituyente empujado por la ciudadanía, sosteniendo un diagnóstico criminalizador de la revuelta popular de octubre 2019 y de otras organizaciones, como los movimientos mapuches, combinando en este aspecto rasgos autoritarios y nativistas. La exaltación de símbolos patrios y de la homogeneidad cultural responden también a su ideología autoritaria, la que se mezcla con expresiones neopatriotas al defender la soberanía nacional y cuestionar la institucionalidad internacional, especialmente, en materia de reconocimientos y libertades individuales”.


Junto al auge de la extrema derecha, una de las consecuencias/características de la victoria a escala mundial del neoliberalismo que se ha revelado cada vez con más claridad y fuerza es el auge del populismo, una corriente política que, por su propia debilidad ideológica o conceptual y la adaptabilidad de su discurso a diversas circunstancias, encuentra terreno abonado en democracia en crisis, en sociedades cada vez más desiguales y descontentas. La noción de populismo de Cas Mudde es, sin dudas, la más extendida y entiende al populismo como una ideología soft (delgada) que se acopla a otras ideologías. Ernesto Laclau entiende el populismo no como una ideología (no hay corpus doctrinal) sino como un estilo, una política, un lenguaje, una retórica y una estrategia política.


O sea, si la izquierda y la derecha existen en un eje horizontal, el populismo trastoca completamente esta dinámica e introduce una lógica vertical: arriba y abajo, pueblo y élite. Como no requiere de argumentos razonables, porque expresa y refleja sentimientos, emociones y sensaciones del “espíritu de la época”, la antipolítica y la no-política se han convertido en banderas del populismo, como nos plantean Ilvo Diamanti y Marc Lazar. La extrema derecha utiliza de forma muy inteligente al populismo, pero este es una característica que va más allá de la extrema derecha (puede ser de izquierda) y que de por sí no nos permite ni entenderla ni definirla.


Como dice Kenneth Roth, “actualmente las democracias no tienen precisamente un historial ejemplar en lo que respecta a abordar los males que aquejan a la sociedad (y no solo por su gestión, sino también por la fragmentación política existente). En todo caso, existe un amplio consenso acerca de que, en última instancia, las democracias tienen éxito o fracasan por el poder de su ejemplo, pero muy a menudo ese ejemplo ha sido decepcionante. Los líderes democráticos actuales no están a la altura de los desafíos que enfrenta el mundo”. Y hoy la gente (incluyendo adherentes) está perdiendo rápidamente la fe en sus autoridades, en sus políticos tradicionales y en sus medios de comunicación, y esta pérdida es alentada y utilizada por los partidos de la extrema derecha para ganar terreno incluso con aseveraciones controvertidas o francamente falsas (un caso que va a merecer un reanclaje no en mucho tiempo más, es el de la Convención Constitucional).


La extrema derecha, no importando su apellido, está aquí para quedarse y la democracia deberá repensarse rápida y profundamente para no sucumbir a sus cantos de sirenas con nefastas consecuencias democrático-humanitarias (involución). La democracia ya no es “the only game in town”, parafraseando a Juan Linz y Alfred Stepan y, como van las cosas, por ejemplo, no sería tan raro que presidentes como Boric, Fernández o Petro le terminen pasando la banda a alguien de este controvertido mundo.

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