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Mario Benedetti: 100 años de amor, historia y política en la poesía

Benedetti encontró a través de la literatura la manera de ser un activista revolucionario permanente “la consigna es joderles el proyecto, seguir siendo nosotros, y además formar parte de esa linda tribu que es la humanidad”.


Por Michelle Partarrieu


Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia era el nombre completo del escritor uruguayo, que nació un 14 de septiembre de 1920 en el Paso de los Toros, Tacuarembó, y quien falleció el 17 de mayo de 2009 en Montevideo. Tenía cincuenta y tres años cuando salió de Uruguay exiliado. Argentina, Perú, Cuba, España fueron los países que lo acogieron. Madrid se transformó en su segundo hogar después de su regreso a Uruguay en 1985, con el fin de la dictadura en ese país.


Mario Benedetti siempre tuvo una preocupación por la responsabilidad intelectual, social y política como ciudadano. A lo largo de su obra combinó ternura, denuncia, derechos humanos, pasión, amor e historia para transmitir un mensaje de esperanza “la primavera, aunque mutilada, relevará por fin a un invierno que se anunciaba inacabable”. Consideraba que el arte —en todas sus formas— podría ser un instrumento de transformación y lucha por un mundo más justo.


Se trataba de una persona sencilla, amante de Luz, su compañera de toda la vida. Un hombre sobrio, pese a todos sus reconocimientos, si alguien se acercaba, lo atendía, hablaba, preguntaba y se interesaba por lo que le planteaban. Esa sencillez y honradez, el predicar con el ejemplo se vio reflejado el día que murió a los 88 años con homenajes multitudinarios en su país y en todo el mundo. Eduardo Galeano dijo, de quien lo unía una gran amistad, que Mario Benedetti era un poeta "lleno de gentes”.


Escribía de manera sencilla y conmovedora, mostraba la dureza de la represión política, llena de amor, de olvido, de esperanza, de sucesos inesperados como la propia vida. Pero a su vez, tenía una fuerza narrativa y poética, una rigurosidad y una ética que llevó adelante durante los sesenta años que escribió, porque entendía que debía ser la correcta, en su vida y en la literatura. “Una cosa es morirse de dolor, otra cosa morirse de vergüenza, por eso ahora, me podés preguntar y sobre todo puedo yo responder, uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere”.


De ahí la indignación que generó el Presidente Sebastián Piñera, durante el despertar de Chile en octubre pasado, cuando hace suyas las palabras del poeta y lo cita en uno de sus mensajes represivos al país, lo que fue inmediatamente condenado por la Fundación Mario Benedetti, quienes no solo rechazaron el uso descontextualizado de una frase de su obra “en momentos en que el accionar de su gobierno está en las antípodas de lo que fue el pensamiento de nuestro escritor”, sino que además expresaron su solidaridad con los reclamos del pueblo chileno por más libertad, justicia social y equidad.


Aquel autor sobrio y sincero “del pueblo y para el pueblo” decía las cosas como nosotros hubiéramos querido decirlas y no podíamos. Recurría a la sátira para instalar la denuncia “un torturador no se redime suicidándose, pero algo es algo” y nos enseñó a no olvidar “El olvido es, antes que nada, aquello que queremos olvidar, pero nunca ha sido factor de avance. No podremos llegar a ser vanguardia de nada ni de nadie, ni siquiera de nosotros mismos, si irresponsablemente decidimos que el pasado no existe. Y esto vale para el individuo y para la sociedad”.


Mario Benedetti encontró a través de la literatura la manera de ser un activista revolucionario permanente “la consigna es joderles el proyecto, seguir siendo nosotros, y además formar parte de esa linda tribu que es la humanidad”. Por ello la desazón cuando se usa irrespetuosamente su nombre en frases triviales inundando las redes sociales. Hoy, a 100 años de su natalicio, con Benedetti en la memoria y en el corazón, vamos a defender la alegría como una trinchera, defenderla del escándalo y de la rutina, de la miseria y los miserables. Defender la alegría como un principio, del paso y las pesadillas, de los neutrales y los neutrones, de las dulces infamias y los graves diagnósticos.


En su memoria, no olvidamos esa vieja costumbre de sentir. “El sentimiento es una vieja costumbre y, en el fondo, el hombre y la mujer corriente no se resignan a perderla”. No te quedes inmóvil al borde del camino, no congeles el júbilo, no quieras con desgana, no te salves ahora ni nunca. No te salves".

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