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"No está asegurado que tengamos un proceso constituyente". Entrevista a Camila Miranda

Así lo advirtió Camila Miranda, presidenta de la Fundación Nodo XXI, quien enfatizó que “hay sectores que han manifestado que les parece que no es tan problemático dilatar esto, y se expresan voluntades de si es necesario cambiar la Constitución del ’80”. En esa línea sostuvo que “en los sectores de izquierda tenemos la responsabilidad de colaborar y ser claros en los marcos democráticos para escribir una nueva Constitución”. Mirando el proceso constituyente que se reactivó, la académica indicó que “debemos tener una perspectiva de que nos estamos jugando una visión de sociedad, con una intención transformadora que no lo es como utopía, sino como un camino que permita que las mayorías puedan vivir mejor”.




¿Qué puede explicar un 61% de rechazo al texto de nueva Constitución después de que un 79% quería una nueva Carta Magna?


Hay distintos factores. El primero que hay que visibilizar, es que es distinto que haya un proceso con voto voluntario que con voto obligatorio, y creo que es una de las razones de encierro y de las distancias que se produjeron en la Convención, de estar escribiendo perdiendo un poco de vista que la validación iba a ser con voto obligatorio y, por tanto, ese Chile que por muchos años hemos dicho que no sabemos por qué se abstiene, se iba a expresar en esta votación. Es un factor de las reglas de la elección.


Hay otros más profundos y políticos. Lo primero es que en la voluntad del 80%, tenía que ver con la expectativa de cambio, esa no se ha modificado. Pero creo que la discusión es qué se iba a entender como concreción de esa expectativa de cambio, que es lo que uno podría llamar las demandas sociales más permanentes. Había dos que se mantenían constantes, una que caracterizamos como derechos sociales, pero que no se nombra así en la discusión, sino mejor salud, gratuidad en educación, mejores pensiones, y la otra, era una impugnación, que se mantiene, a los abusos económicos y políticos. Ambas dimensiones estructuraban el discurso de los cambios, y eso lo medíamos, incluso una semana antes del plebiscito de salida. Unos dicen que no era el momento de los cambios, y yo diría que eso no es así. La pregunta es por qué el resultado de la propuesta no logra cumplir con esa expectativa que se mantiene vigente en la sociedad, con toda su diversidad.


Está también la conformación de la Convención con personas que venían por fuera de organizaciones partidarias tradicionales pero que sí provenían de distintas luchas sociales, eran y son luchadores sociales que se expresan en la Convención y que tenían que ver con ese sector que estaba por los cambios. Eso fue una consolidación de un sector que estaba por los cambios y que venía impugnando fuertemente a la institucionalidad política. No olvidemos que estamos dentro de un ciclo que partió con una crisis de legitimidad de las instituciones y creo que todavía estamos metidas y metidos en ese momento, no se ha superado. Habría un error, por ejemplo, en las condiciones de un nuevo acuerdo de pensar que ya superamos esa situación y que es hora de los partidos y la sociedad para la casa. Entonces hay una dimensión que tiene que ver en cómo se constituyó la Convención y en eso, como izquierda, nos fuimos encerrando y desconectando de esa otra ciudadanía, que durante la participación de las iniciativas populares de norma fue mostrando y dando señales. En ese sentido, quienes nos reafirmamos en el proyecto-visión de sociedad que compartimos distintos sectores de izquierda, no vimos esas demandas crecientes de la sociedad y las redujimos, de alguna forma, a articulaciones e iniciativas de la derecha.


Quiero poner el ejemplo del caso de “Con mi plata No”. Justamente en los momentos de los retiros y las iniciativas de norma, eso marca un giro muy importante. Se corrieron sentidos y quizá como izquierda experimentamos una derrota, pasamos de No+AFP hace unos años con movilizaciones masivas, a “Con mi plata No”. Es un giro que no hay que dejar de mirar. En ese sentido nos desanclamos de esa construcción de sentidos que venía operando y en que uno podría encontrar distintas explicaciones. Están los 40 años de neoliberalismo y los cambios en las condiciones materiales que hemos experimentado con la pandemia, con la crisis económica y con ese sector de enfrente, que se ha opuesto a los cambios sistemáticamente, y su vía de identificar temores reales y poner en tensión lo poco conseguido, lo que tuvo eficacia. Tuvimos un distanciamiento, una pérdida de diálogo con los sentidos, desde la izquierda.


Otro factor es que la Convención pasó a ser vista por la ciudadanía como otra institución más, y de alguna manera ese pueblo que entró, devino para la ciudadanía como una elite más que no se podía poner de acuerdo como las demás, aunque llegó a proponernos una nueva Constitución. Entonces hay un factor que es más propio del ciclo que estamos viviendo y en ese sentido un nuevo órgano que venga ahora, estará exento de ese proceso de institucionalización.


Luego, ya no visto tanto en la Convención, más visto en las campañas, no fuimos capaces de ofrecer con claridad al país qué promesa de Chile, en términos muy concretos, traía la nueva Constitución, porque justamente desde el frente se construyó una campaña con mucho más tiempo y durante muchos meses no fuimos capaces de salir de lo reactivo, de estar defendiendo aspectos, como la plurinacional y la propiedad. Fue muy encima de la elección que se logró articular un acuerdo común de que el corazón son los derechos sociales, con imprescindibles como la paridad y la naturaleza, de que habías cosas que se podían ajustar o no, pero con un corazón que defender. Hubo también una dispersión muy fuerte de nuestros sectores de izquierda social y política en ese sentido.


Y también, cuando hay una opción que es rechazar, son diversas las razones por las cuales uno puede ser convocado. Falta harto de analizar, pero ya emergieron elementos que tienen que ver con desinformación, con el Gobierno en curso, con la situación económica, con haber pensando que estábamos en las condiciones del 80% y no en una nueva, son muchos elementos y habrá que ver cuáles son los más dominantes. Creo que vamos a devenir en algo bastante heterogéneo, será muy difícil construir una sola gran razón.


Se llegó a decir que esta era una Constitución muy progresista para un país muy conservador.


Discrepo. Creo que tiene más que ver con la desconexión que se produjo, más que porque sea un texto más de vanguardia. Efectivamente hay cosas que pudieron quedar más cerradas, y por tanto entregados menos campos de avance, pero no es que tengamos una sociedad conservadora, sino que se produjo una distancia muy importante entre la Convención, la propuesta y la discusión y preocupaciones de la mayoría del país.

Si uno va a la discusión de los contenidos, hay muy pocas personas que estarían en desacuerdo con los derechos de la naturaleza, cuidado del medioambiente, participación igualitaria de las mujeres. Desde luego hay un lenguaje diferente de la conversación que teníamos y quizá eso ayudó a producir distancia, pero los contenidos, los fondo, no se puede juzgar en torno del dilema del rechazo, tiene que ver con nuestra desconexión, y no que podamos juzgar a nuestra sociedad como conservadora, como retardataria, cuando efectivamente está planteándose por los cambios.


¿Y qué pasa con aquello de que hay un sector de la sociedad, del electorado, que le tiene miedo al cambio, que creyó las noticias falsas, que se convenció que la Convención estaba desacreditada?


Es una dimensión que tiene que ver con que los de enfrente fueron hábiles en identificar cuáles son los aspectos de la vida social que generan más incertezas, como los ámbitos de ausencia de derechos, como que si lo único que puedes tener seguro es la casa que tienes, y te la ponen en tela de juicio, evidentemente genera una reacción. Entonces la mentira avanza no porque sea muy bien elaborada, sino porque se ancla en un temor real.


En cuanto a la Convención, había una expectativa de que fuera diferente de los órganos que ya conocíamos, por ejemplo, del Congreso. Entonces cuando se amplifican, y hubo una colaboración para amplificar, ciertas situaciones, cuando había una expectativa diferente al Congreso, de personas que no venían de los partidos y que pudiesen llegar a un acuerdo en cuanto a las demandas reales de la población, esas situaciones comienzan a generar desconfianzas, se empieza a ver una frustración, se empieza a pensar que quizá fue un error elegir a quienes elegimos, o la Convención dejó de preocuparse de las personas, de las demandas de afuera y se preocupó sólo de las propias ideas. Tenía que ver con esas expectativas amplias que había, con las críticas que había a las instituciones y ver una oportunidad de construir algo distinto. Y rápidamente devino para la sociedad como una institución más, sumada a las criticadas.


Eso el rechazo lo logró motivar e incentivar, y empezó a hablar de que la nueva Constitución es mejor que la escriban expertas y expertos, más allá de que la Convención tenía un 60% de personas que estudiaron derecho, y hubo una crítica que se logró instalar y eso generó una cerrazón hacia el producto de la Convención. En un momento ya no importaba tanto lo que propusiera la Convención, sino más bien todo lo que había pasado con ella.


¿Y esa frase de que con este resultado fracasó el octubrismo, que se terminó todo lo que significó la revuelta popular de 2019?


Discrepo con eso, creo que hay una visión muy superficial de lo que fue el octubrismo y el estallido social. A mi parecer esas demandas siguen vigentes, una forma del octubre diverso entró a la Convención pero no necesariamente con eso se agotaron otras demandas, la crítica a los abusos económicos y políticos. Creo que también en este rechazo masivo hay una expresión de ese mismo movilizador, que uno no lo puede unificar y ponerlo directamente en la Lista del Pueblo, como que ahí quedó octubre. A mí me parece que no se ha agotado ese estallido y por eso seguimos en una situación de crisis. El rechazo no trajo una canalización de los malestares, de hecho los expresó aún con mayor intensidad y nos tiene descubriendo las razones.

“No podemos renunciar a un proceso democrático y participativo”


Se le dio continuidad, pese a lo ocurrido, al proceso constituyente, se plantea redactar otra propuesta de Constitución, ya hubo otra conversación y otro acuerdo de los partidos políticos, que parece resucitar ciertos mecanismos. ¿No ves un peligro de que haya una propuesta que sea menos transformadora, menor de vanguardia, menos progresista?


Yo creo que en este momento no está asegurado que tengamos un nuevo proceso constituyente. Ahí tenemos un desafío las fuerzas de izquierda de lograr que eso suceda, que sea con una Convención cien por ciento electa, que sea paritaria.


¿Existe el riesgo de que esto al final no avance?


Es que hay sectores que han manifestado que les parece que no es tan problemático dilatar esto, tienen esta idea de ver bien los mecanismos, y se expresan voluntades que han estado presentes desde que se inició esto, de si es necesario cambiar la Constitución del ’80. Eso está puesto sobre la mesa hoy día. Durante la campaña habían distintas tesis, una de reformar la del ’80, escribir una nueva desde cero, está la posición de que ya se rechazó todo, entonces creo que efectivamente hay un riesgo instalado y por eso creo que en los sectores de izquierda tenemos la responsabilidad de colaborar y ser claros en los marcos democráticos para escribir una nueva Constitución, más allá de que podamos hacer la autocrítica del resultado de la Convención Constitucional en el sentido de que la sociedad rechazó su propuesta. No podemos renunciar a un proceso democrático y participativo. También necesitamos afianzar los elementos de contenidos sustantivos a defender. Por ejemplo, el Estado democrático, social y de derechos debiera ser un consenso transversal, pero hoy hay sectores de la derecha que plantean eso como subsidiaridad. Y ese no es el marco de una posición transformadora. Vamos a tener que trabajar y articularnos para defender un proceso democrático constituyente. El móvil de cambio en la sociedad no se acabó.


Hubo un acuerdo de los partidos, ya se está discutiendo en el Parlamento. Pero ¿qué papel le asignas al movimiento social, a la sociedad civil, a la gente?


La sociedad civil tiene que participar en este proceso. Más allá de la discusión de los mecanismos que hoy está constreñida a los partidos con representación parlamentaria, la sociedad civil se tiene que expresar en esta discusión y no puede esperar que algunos partidos den los espacios, sino que tiene que manifestarse públicamente.


Hay que preguntarse en qué condiciones queda hoy la posibilidad de expresión de la sociedad para participar. Es una premisa, el acuerdo no puede encerrarse entre los partidos. Pero tampoco se puede ser paternalista, los movimientos organizados de la sociedad, los sindicatos, organizaciones como Modatima, el movimiento 8M, muchos otros, tienen que expresarse y colocar su vocación de participación.


Una cosa es que vayan a espacios que se les otorguen y otra cosa es que instalen sus propios espacios.


Son ambas las situaciones que se presentan. Me parece que esto también nos obliga a generar una conversación en la izquierda, y al anclaje hacia las organizaciones de la sociedad. Es importante tejer y construir acuerdos porque nos necesitamos, y es la fuerza que nos ha permitido mantener el proceso de cambios que ha estado abierto, que ha permitido ayudar a consolidar la votación proclive a los cambios, que alcanza casi los 4 millones 500 mil, y eso no es menor, es una base sustantiva para avanzar.

“La visión de país a construir está abierta”


Pasó el plebiscito pero al parecer no fue el término de algo. La disputa en cuanto a un proyecto de país, de sociedad a la que se aspira, o de dejar todo como está, permanece. ¿Te parece que sigue tensionada la conversación en el país?


Creo que sí. La visión de país a construir está abierta. Se avanza en hartos consensos que no se tenían cuando partió el estallido en el 2019, luego el inicio del proceso constituyente a través de un acuerdo, se avanza en temas como paridad y derechos sociales, pero eso no significa que no esté en juego la visión de la sociedad. Porque esas dimensiones de avance pueden resolverse de distinta manera, y me preocupa que hoy reafirmemos a través de un proceso democrático constituyente la subsidiaridad que ha sido muy nociva para las condiciones de vida de las mayorías. Hay una responsabilidad en ese enfoque, en esa tesis, de tener hoy las pensiones que se tienen, la salud que tenemos, la educación que tenemos. Entonces debemos tener una perspectiva de que nos estamos jugando una visión de sociedad, con una intención transformadora que no lo es como utopía, sino como un camino que permita que, efectivamente, las mayorías puedan vivir mejor, que se les reconozcan condiciones dignas de vida. Eso puede ir conectando las propuestas de la izquierda con las demandas, sentires, expectativas de la ciudadanía.


Ahora en esta etapa, como que el Gobierno estaría más al margen, con más distancia. Llama la atención porque hace rato que se sabe de la experiencia de procesos hacia una nueva Constitución, como en Sudáfrica o Colombia, que los gobiernos, en tanto Estado, jugaron un papel determinante en la educación, la acción cívica, los mecanismos didácticos y de llegada la gente con la perspectiva de una nueva Constitución como mejora de la sociedad. Y en esos y otros países la Constitución se aprobó en promedio por el 60% de la gente. ¿Cómo ves el papel que debería jugar el Gobierno en tanto representación del Estado?


Debería jugar un papel. Por ejemplo, desde el Ministerio de Educación, se pudiese jugar un rol relevante hacia la gente y que no esté limitado o constreñido a los marcos de un acuerdo político. Lo que se instala es cómo quiere vivir Chile, cómo queremos vivir, y ahí el Estado, a través de sus distintas instituciones, tiene que construir los espacios, los canales y las discusiones públicas para que eso avance.


Lo que queda claro también con el resultado del rechazo, es que hay una conversación que para una parte de la sociedad recién se está abriendo y quizá nos toca a todos mirar con mayor perspectiva, más allá de nuestros respectivos círculos. Hay que ver si la discusión de la nueva Constitución realmente está instalada, si hay que discutir cuestiones más básicas, y ahí el Gobierno, como representante del Estado en la dimensión Ejecutiva, tiene que jugar un papel. Me parece que debe tener iniciativas en formación ciudadana, educación, en llevar una respuestas a las y los jóvenes. Más allá de que el Gobierno haya decidido no participar del acuerdo entre partidos, y lo haya dejado supeditado al Congreso por la reforma que implica, igual tiene que jugar un rol. Se abre un desafío cuando se abren los marcos de la democracia cuando votan alrededor de 13 millones de personas. Hay un desafío para el Estado, para el Gobierno, de invitarlos a participar de la construcción del debate público, del papel en educación, de ser una herramienta para la mayoría de la sociedad. Así que el Gobierno no debería renunciar a jugar un rol en esos marcos, en esos contenidos y sostener el proceso constituyente, darle todo el apoyo necesario, que no fue lo que pasó durante el Gobierno de Sebastián Piñera con la Convención Constitucional.


¿Crees que incide en todo esto la inflación, el alza del costo de la vida, los datos de delincuencia, la situación en La Araucanía, los debates por la migración? ¿Esos factores podrían atentar para llevar a buen puerto este nuevo proceso e incidir en cómo votará la gente?


Son elementos que determinan los ámbitos de acción del Gobierno, pero también el ánimo de la gente, el estado anímico permanente. Efectivamente, cuando te cuesta llegar a fin de mes con tu sueldo, la disposición a discusiones que tienen que ver más con el futuro, a veces quedan fuera del foco. Por eso es importante que la discusión y el debate constituyente vayan de la mano con medidas para mejorar las condiciones de vida. No lo pondría como elementos antagonistas. No diría que lo que corresponde es concentrarnos en hacernos cargo de los impactos económicos del ámbito internacional y postergar la discusión constituyente, porque quedará abierta por más tiempo una situación de crisis que va a afectar de vuelta la posibilidad de dar respuestas más sustantivas y estables a esa situación económica. Las deficiencias y dificultades de respuestas, tienen que ver con los problemas que tiene el Estado para dar esas respuestas, tenemos un Estado subsidiario y eso dificulta las respuestas. No lo plantearía como una disyuntiva, una dicotomía, pero efectivamente los factores que señalaste disponen el escenario y por eso es importante el trabajo del Gobierno en dar respuestas y que la ciudadanía vea que hay acciones que la van a apoyar. Eso colabora en el dibujo de un Estado social de derechos. Ese desafío está puesto y permitirá con acciones decididas del Gobierno ir configurando esa conversación que después puede canalizarse en el texto constitucional, en un acuerdo más amplio.


Hugo Guzmán. Periodista. “El Siglo”

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