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Pandemia en su hora crítica y la banalidad de un acuerdo

Existe algo que pone más en evidencia la banalidad de este llamado al diálogo: el gobierno no requiere de ningún "acuerdo nacional" para dar un giro en la política sanitaria y para implementar las políticas económicas y sociales que se requieren. No necesita a nadie más que a sí mismo para hacer lo que debe hacer.


El país se interna en la etapa más difícil y oscura de la pandemia, y de la crisis económica y social que la acompaña.


La tardía cuarentena en la Región Metropolitana, unida a una falta de políticas efectivas para proteger los ingresos de los/as trabajadores/as y sus familias, merman seriamente la posibilidad de que las personas puedan cumplir el confinamiento. El peor de los escenarios es hoy una posibilidad: que la cuarentena de la Región Metropolitana haya llegado a destiempo y no cumpla su objetivo o que lo haga en un tiempo innecesariamente prolongado.


Es lo que un experto definió hace unos días con crudeza como la necesidad de asumir la incómoda verdad de que se debe partir de cero. Comenzar de nuevo, pero esta vez no al inicio sino en medio de la pandemia. El hecho de que las teorías que sedujeron al ministro de Salud en marzo -¿nuestra política sanitaria no dicha era finalmente la llamada “inmunidad de manada”?- se hayan terminado de desmoronar como un “castillo de naipes” es algo que tendrá un alto costo sanitario y social para el país.


Al final, la subordinación de la política sanitaria a la economía no detuvo la contracción de esta última (así lo indica la caída de un 14,1% del Imacec de abril), pero lo que sí hizo fue favorecer la expansión, hasta volverse descontrolada, de la pandemia en la Región Metropolitana, y extenderse peligrosamente a otras regiones. Si en algún momento se pensó que la opción era la salud o la economía, la bolsa o la vida, al final se terminó perdiendo en ambos partidos.


En este contexto, el gobierno ha convocado a la oposición a un diálogo y a la búsqueda de un “acuerdo nacional”. Mientras creyó que podía controlar la pandemia o que maquillando un poco las cifras de contagiados y fallecidos podía salir airoso, no buscó acuerdos. Se manejó entonces con soberbia y un exitismo injustificado. Ahora que el “castillo de naipes” se ha derrumbado, busca a la oposición en un intento bastante evidente de hacerla corresponsable del difícil escenario que se viene por delante. No quiere estar solo con sus errores cuando aparezca el rostro más descarnado de la peste y cuando la crisis alimentaria no pueda seguir ocultándose a través de estrujar mediáticamente unas cajas de alimentos (no dar hasta que duela, sino hasta que se note).


Se llama ahora al diálogo y al acuerdo, pero no hay autocrítica ni señales de rectificación, ni nadie asume la responsabilidad política de la estrategia fracasada de estos meses. Tampoco hay inclusión de los actores sociales en el diálogo y se sigue legislando en diversas materias que nada tienen que ver con controlar la pandemia (militares en “funciones críticas”, ley de inteligencia donde se reaparece el “enemigo interno”, entre otras).  


Existe algo que pone más en evidencia la banalidad de este llamado al diálogo: el gobierno no requiere de ningún “acuerdo nacional” para dar un giro en la política sanitaria y para implementar las políticas económicas y sociales que se requieren. No necesita a nadie más que a sí mismo para hacer lo que debe hacer.


Para lo primero -iniciar una política sanitaria seria y consistente- bastaría con que el gobierno leyera y asumiera en lo sustantivo la “carta abierta” que la comunidad científica, incluida la Sociedad Chilena de Epidemiología, envió hace unos días al presidente de la República y en la cual, basándose en evidencias, propone un conjunto de medidas sanitarias rectificadoras. No necesita la devaluada firma de ningún presidente de un partido opositor para hacer este cambio en política sanitaria, solo requiere escuchar a la comunidad experta en salud pública. A su vez, no deja de ser sintomático del estado en que nos encontramos que la comunidad científica para comunicarse con el gobierno deba hacerlo a través del recurso de una “carta abierta”.


Y para lo segundo -medidas de protección social que hagan posible el cumplimiento de la cuarentena- existe una batería de propuestas de diversos sectores sociales y expertos que circulan desde hace rato y que apuntan a un mayor esfuerzo fiscal y al aporte hasta ahora ausente de los “super ricos” y de las AFP para financiar un conjunto de medidas  entre las que destaca un ingreso universal de emergencia y el alivio del severo endeudamiento de las familias (CAE, entre otros) por el periodo que sea necesario para que las medidas sanitarias surtan efecto.


Lo que es claro, y así lo demuestra la experiencia internacional, es que la salida a esta grave e inédita crisis no admite atajos. Ni en lo sanitario ni en materia de protección social.


por Ernesto Águila


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