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Pandemia y el porvenir de una revuelta. Columna de Ernesto Águila

Resulta errado y vano tratar de disolver la revuelta social del 18-O por la vía de las restricciones de la pandemia o pensar que ésta terminó con el acuerdo del 15-N. La revuelta del 18-O es el resultado de un largo ciclo de resquebrajamiento del pacto social neoliberal impuesto hace cuatro décadas.


¿Qué impacto ha tenido la pandemia en la revuelta social del 18-O? ¿La disolvió? ¿La redefinió? ¿La radicalizó? En lo inmediato, la confinó. Cabe preguntarse si el 18-O es algo que ya ocurrió o algo que sigue sucediendo.


No cabe duda de que la pandemia ha introducido nuevas realidades, estados de ánimo y subjetividades. Dejará huellas, seguramente cambiará visiones y conductas. En nuestro caso, el horizonte de salida no se avizora. Instalados en un momento de recrudecimiento de ésta, se constata que el enfoque para abordarla ha sido errado: éste es un virus que hay que erradicar y no intentar convivir con él. A la manera de Nueva Zelanda, Vietnam o Corea del Sur. Pero esa no ha sido la opción de Chile.


La pandemia ha significado una severa restricción a las libertades personales y colectivas: hace más de un año que estamos bajo estado de excepción, con toque de queda y hoy casi todo el país en cuarentena. Estas duras medidas no han estado siempre al servicio de enfrentar la pandemia. En estos meses las expresiones de protesta social derivadas del 18-O o a propósito de la propia crisis sociosanitaria han sido duramente reprimidas. Los barrios populares son cotidianamente maltratados y se acumulan denuncias de violaciones a los derechos humanos (el informe de AI es el más reciente). Todo ello en medio de un fuerte control editorial de los medios de comunicación. Se ha configurado así un cuadro de regresión autoritaria, de vidas vigiladas, que se intenta naturalizar y proyectar como forma de control social permanente.

“La pandemia ha significado una severa restricción a las libertades personales y colectivas: hace más de un año que estamos bajo estado de excepción, con toque de queda y hoy casi todo el país en cuarentena. Estas duras medidas no han estado siempre al servicio de enfrentar la pandemia”.

Paradojalmente, convive con este estado de cosas un momento de nuestra historia democrática que genera grandes expectativas. Un logro indiscutible del movimiento del 18-O fue destituir la Constitución del 80. Su irrupción obligó a las fuerzas políticas al acuerdo del 15-N, dio paso al plebiscito del 25-O y a ese contundente 80/20, y debería posibilitar el próximo 15 y 16 de mayo elegir un cuerpo de constituyentes paritario para redactar una nueva Constitución Política. La democracia es una “actividad esencial” y no debiera interrumpirse. Más de cien actos electorales se han verificado en el mundo desde el inicio de la pandemia y no existe evidencia de que ello implique un aumento de los contagios.


Resulta errado y vano tratar de disolver la revuelta social del 18-O por la vía de las restricciones de la pandemia o pensar que ésta terminó con el acuerdo del 15-N. La revuelta del 18-O es el resultado de un largo ciclo de resquebrajamiento del pacto social neoliberal impuesto hace cuatro décadas. Es el corolario de una prolongada crisis de legitimidad que se pretendió cerrar en varias oportunidades en estos años -cada vez que se verificaba un reflujo social- con un “aquí no ha pasado nada”, sin embargo, cada vez que se intentó clausurarla, la protesta resurgió más masiva, plebeya y rupturista.


Este carácter cíclico y recurrente de la protesta no tiene sus raíces en abstracciones ideológicas sobre el “neoliberalismo”, sino en la experiencia de años con un modelo de vida extenuante, de trabajos precarios, bajos salarios y pensiones, y desprotección frente a la enfermedad. No hay razones para pensar que la pandemia pueda disolver los significados y los malestares profundos de la revuelta social del 18-O. Más bien la pandemia, con su “pedagogía cruel”, ha evidenciado más las desigualdades, los privilegios de unos sostenidos en la precarización de la vida de otros.


El proceso constituyente representa una gran esperanza, pero es parsimonioso, demasiado lento como para contener por sí solo la crisis social del 18-O. Puede ser más un punto de partida que de llegada, de acompañamiento de una solución más que la solución misma. La crisis social desborda el proceso constituyente. Se requiere un plan de reconstrucción económica y social del país urgente que tenga en su centro las preguntas y demandas que abrió el 18-O y profundizó la pandemia. Cualquier otro camino en la línea de “aquí no ha pasado nada” o “no era para tanto” terminará indefectiblemente en un nuevo “no lo vimos venir”.

“No hay razones para pensar que la pandemia pueda disolver los significados y los malestares profundos de la revuelta social del 18-O. Más bien la pandemia, con su “pedagogía cruel”, ha evidenciado más las desigualdades, los privilegios de unos sostenidos en la precarización de la vida de otros”.


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